Nota del autor: Este artículo forma parte de la serie dedicada a la Historia de España y analiza la crisis de 1898, un acontecimiento que puso fin a la presencia colonial española en América y Asia y obligó al país a reflexionar sobre su futuro.
A finales del siglo XIX, España conservaba todavía importantes territorios de ultramar, especialmente Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Sin embargo, el sistema colonial atravesaba una profunda crisis. En Cuba y Filipinas habían surgido movimientos independentistas, mientras España trataba de mantener unos territorios cada vez más difíciles y costosos de gobernar.
En Cuba, la insurrección iniciada en 1895 dio paso a una guerra especialmente dura. Los independentistas cubanos, encabezados por dirigentes como José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo, luchaban por separarse definitivamente de España. La respuesta militar española no logró poner fin al conflicto y provocó un elevado coste humano y económico.
Estados Unidos observaba con creciente interés la situación cubana. Sus intereses económicos y estratégicos en el Caribe, unidos al apoyo de una parte de su opinión pública a la independencia de Cuba, aumentaron la tensión con España. En febrero de 1898, la explosión del acorazado estadounidense Maine en el puerto de La Habana aceleró la crisis. Aunque las causas de la explosión fueron objeto de controversia, el episodio fue utilizado para impulsar la intervención estadounidense.
La guerra entre España y Estados Unidos comenzó en abril de 1898 y fue breve. La superioridad naval estadounidense resultó decisiva en las derrotas españolas de Cavite, en Filipinas, y Santiago de Cuba. Tras apenas unos meses de combates, España tuvo que aceptar la derrota. El conflicto conmocionó profundamente a la sociedad española.
El Tratado de París, firmado en diciembre de 1898, puso fin oficialmente a la guerra. España renunció a su soberanía sobre Cuba y cedió a Estados Unidos Puerto Rico, Guam y Filipinas. Al año siguiente vendió a Alemania las Carolinas, las Marianas —excepto Guam— y Palaos, cerrándose así prácticamente la etapa del gran imperio español de ultramar.
La derrota no provocó el derrumbamiento inmediato del Estado ni de la economía española, pero produjo una profunda crisis moral y política. Muchos intelectuales comenzaron a preguntarse por las causas del atraso, la debilidad institucional y la falta de modernización del país. Surgió así el regeneracionismo, que defendía reformas educativas, económicas y administrativas, y se consolidó el grupo de escritores conocido como la Generación del 98.
El Desastre del 98 marcó también un cambio en la posición internacional de España. El país dejó atrás definitivamente sus grandes aspiraciones imperiales y tuvo que concentrarse en sus problemas internos, aunque posteriormente orientaría parte de su política exterior hacia el norte de África.
1898 no fue solamente una derrota militar ni la pérdida de unas colonias. Fue el momento en que España tuvo que contemplarse a sí misma, reconocer sus debilidades y comenzar a preguntarse qué país quería ser en el nuevo siglo. En el próximo capítulo conoceremos el reinado de Alfonso XIII y una España que intentaba modernizarse mientras aumentaban sus conflictos sociales y políticos.
