Hay palabras que parecen pequeñas porque nombran cosas sencillas.
Enyesque es una de ellas.
A primera vista, podría decirse que un enyesque es simplemente una tapa, un aperitivo o una pequeña porción de comida que se sirve para acompañar una bebida.
Y no sería una definición equivocada.
Pero tampoco estaría completa.
Porque en Canarias un enyesque no se mide únicamente por la cantidad de comida que aparece en el plato. Se reconoce también por el momento, por la compañía y por esa costumbre tan nuestra de colocar algo sobre la mesa para que nadie beba ni converse con las manos vacías.
Unas aceitunas.
Un poco de queso.
Unas almendras, unas papas con mojo, algo de pescado, unas lapas o cualquier cosa que hubiera en la cocina.
No hacía falta preparar un gran banquete.
Bastaba con poner algo para picar.
El enyesque nunca quiso sustituir la comida. Su función era mucho más humilde: acompañar una bebida, abrir el apetito y, casi sin pretenderlo, alargar la conversación.
Porque alrededor de un enyesque siempre ocurre algo.
Alguien cuenta una historia.
Otro recuerda una anécdota.
Se habla del trabajo, de la familia, del tiempo o de aquello que ha sucedido en el pueblo. El plato pasa de una mano a otra y lo que iba a ser un encuentro de unos minutos termina convirtiéndose en una tarde entera.
Esa es una de las diferencias entre comer y compartir.
El hambre puede satisfacerse en soledad.
El enyesque, en cambio, parece pedir compañía.
Durante generaciones, en muchas casas canarias no era necesario anunciar que venía una visita para poner algo sobre la mesa. Si aparecía un vecino, un familiar o un amigo, siempre se buscaba alguna cosa que ofrecerle.
«¿No quieres un fisco de queso?»
«Come algo, que estás muy desmayado».
Y antes de que el visitante pudiera responder, el plato ya estaba delante.
No importaba que hubiera mucho o poco.
Lo importante era ofrecerlo.
Esa hospitalidad sencilla forma parte de una Canarias que aprendió a compartir incluso cuando no sobraba nada. En tiempos de escasez, un pedazo de queso, unas aceitunas o un poco de gofio podían parecer poca cosa, pero colocados en el centro de la mesa adquirían otro valor.
No alimentaban solamente el cuerpo.
También decían: esta casa está abierta para ti.
La propia historia de la palabra resulta curiosa. La Academia Canaria de la Lengua define el enyesque como una pequeña porción de alimento servida para acompañar bebidas y considera que probablemente procede de yesca.
Hoy relacionamos esa palabra principalmente con el material utilizado para encender fuego. Sin embargo, yesca también tuvo el sentido de aquello que despierta las ganas de beber, especialmente vino.
A partir de ese uso habría nacido en Canarias el verbo enyescar, es decir, comer algo que acompañara la bebida. Con el paso del tiempo, de aquel verbo habría surgido el sustantivo enyesque.
Una palabra transformada por el uso cotidiano.
Como tantas otras expresiones canarias, no nació en un despacho ni necesitó que nadie la inventara de manera oficial. Fue pasando de boca en boca, de casa en casa y de generación en generación hasta convertirse en parte de nuestra manera de hablar.
Hoy muchos jóvenes utilizan con más frecuencia palabras como tapa, aperitivo o snack.
No hay nada malo en ellas.
Las lenguas siempre cambian y reciben palabras de otros lugares. El problema comienza cuando las palabras nuevas no conviven con las antiguas, sino que terminan sustituyéndolas por completo.
Porque perder la palabra enyesque no significaría únicamente cambiar un nombre por otro.
También supondría alejarnos un poco de las escenas que esa palabra guarda.
La cocina con un plato improvisado.
La venta del pueblo.
El bar donde alguien pedía algo para acompañar el vino.
La reunión familiar que comenzaba sin horario.
La visita que llegaba sin avisar y siempre encontraba un lugar en la mesa.
Una palabra puede conservar todo eso.
Por eso un enyesque no necesita ser sofisticado ni aparecer cuidadosamente colocado en un plato de diseño. Puede ser algo tan sencillo como unas aceitunas, un pedazo de queso o unas almendras compartidas.
Su valor no está en el tamaño.
Está en el gesto.
En ofrecer.
En sentarse.
En conversar sin mirar el reloj.
En hacer sitio para quien acaba de llegar.
Quizá esa sea la verdadera riqueza de nuestras palabras: algunas consiguen explicar con pocas letras una forma entera de entender la vida.
Enyesque es una de ellas.
Un pequeño bocado que abre el apetito, acompaña la bebida y reúne a las personas alrededor de una mesa.
Porque en Canarias sabemos desde hace mucho tiempo que, cuando la comida se comparte, hasta el plato más humilde termina sabiendo a encuentro.
