Pedro Sánchez comparece en el Congreso y vuelve a ocurrir el milagro de la política: después de semanas de contradicciones, versiones enfrentadas y una crisis fronteriza de dimensiones extraordinarias, todo parece quedar envuelto en el celofán de la normalidad. El presidente asegura que se actuó «desde el minuto uno». Magnífico. Pero a mí, y sospecho que a muchos ceutíes, me preocupa bastante más qué ocurrió en el minuto cero. Porque gobernar no consiste solamente en reaccionar cuando el problema ya ha cruzado la frontera.
Si el CNI disponía de información previa y Margarita Robles defendió públicamente que los servicios de inteligencia habían cumplido con su obligación de informar, alguien tendrá que explicar qué ocurrió después. No afirmo que existiera un informe capaz de predecir exactamente la magnitud de lo sucedido; eso debe demostrarse documentalmente. Pero precisamente por las versiones contradictorias entre Defensa e Interior, el presidente tenía ayer una oportunidad extraordinaria para despejar cualquier duda. En lugar de eso, otra vez tenemos la sensación de estar preguntándonos quién sabía qué, cuándo lo sabía y quién tomó las decisiones.
Después aparecen Rusia, Israel, las organizaciones criminales, la desinformación y la ultraderecha internacional. Puede haber campañas de manipulación y deben investigarse hasta el final. Pero ninguna explicación sobre bulos modifica una realidad: la frontera española sufrió una entrada irregular masiva de una magnitud excepcional. Buscar responsables externos puede formar parte de la investigación; utilizarlos como cortina que impida examinar los fallos internos sería otra cosa. Sánchez es presidente del Gobierno de España y, por tanto, también es responsable político de explicar por qué los mecanismos del Estado no fueron suficientes para evitar el colapso.
Y llegamos al Rey. Aquí tampoco conviene hacer juegos de manos. Felipe VI no dispone libremente de la acción política de la Corona: sus actos constitucionales están sujetos al refrendo correspondiente y el Gobierno dirige la política interior y exterior. Por eso, si una visita a Ceuta tiene implicaciones políticas o diplomáticas, Moncloa no puede comportarse como un espectador ajeno al asunto. Si ahora finalmente se produce la visita, bienvenida sea. Ceuta no necesita que la Corona sea utilizada como pelota en un partido político; necesita sentir detrás al conjunto del Estado.
Lo que sigo echando en falta después de tanta explicación es precisamente lo fundamental: ¿y ahora qué? ¿Qué medidas permanentes impedirán que vuelva a ocurrir? ¿Qué se exigirá a Marruecos? ¿Qué participación concreta se reclamará a la Unión Europea tratándose de una frontera exterior europea? ¿Qué refuerzos permanecerán cuando desaparezcan las cámaras? ¿Qué mecanismos de inteligencia y coordinación van a corregirse? Esas son las respuestas que necesita Ceuta, no otra batalla de argumentarios entre Gobierno y oposición.
Sánchez domina como pocos la puesta en escena política: contextualiza, reparte responsabilidades y construye un relato capaz de sobrevivir al debate parlamentario. Pero gobernar es algo más difícil que ganar una comparecencia. Cuando se apaguen los micrófonos del Congreso, Ceuta seguirá exactamente donde estaba, frente a Marruecos y protegiendo una frontera española y europea. El «minuto uno» ya pasó, señor presidente. Explíquenos ahora qué piensa hacer para que nunca tengamos que volver a vivir otro minuto cero.
Un Gobierno puede ganar el relato de una tarde. Una frontera se protege los 365 días del año.
