¡Qué vergüenza de país cuando quienes nos protegen terminan siendo tratados como un estorbo! Representantes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, hartos de promesas incumplidas, se encierran pacíficamente para reclamar algo tan elemental como justicia laboral. ¿Y cuál es la respuesta del Ministerio del Interior? Mandar a sus propios compañeros para desalojarlos de madrugada. Una demostración de autoridad tan rápida como lamentable.
Resulta indignante que el Ejecutivo de turno, ese que siempre recurre a policías y guardias civiles cuando las cosas se ponen feas, sea incapaz de reconocerles lo que llevan años reclamando: profesión de riesgo, jubilación digna y equiparación real con las policías autonómicas y locales. Son los primeros a quienes se exige sacrificio y los últimos a quienes se reconoce. Para jugarse la vida, siempre disponibles; para reconocer sus derechos, siempre hay una excusa.
Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿por qué tanta contundencia para desalojar a representantes policiales y tanta tolerancia con la acampada de la Puerta del Sol? ¿Por qué unos deben abandonar inmediatamente un edificio público mientras otros permanecen durante semanas ocupando un espacio de todos? No se trata de negar el derecho a protestar de nadie, sino de exigir coherencia. La ley no puede tener una dureza para unos y una paciencia infinita para otros.
Mientras tanto, Madrid se aproxima a la Navidad con la incertidumbre de qué ocurrirá en su emblemática Puerta del Sol. Comerciantes y ciudadanos merecen disfrutar de sus calles, sus belenes y sus tradicionales luces sin que la falta de decisiones políticas convierta el espacio público en un conflicto permanente. Pero parece que para algunos responsables resulta mucho más sencillo ordenar el desalojo de quienes llevan uniforme que afrontar otros problemas incómodos.
Señor Marlaska, señora Aina Calvo: la autoridad no se demuestra humillando a quienes sostienen la seguridad de este país, sino respetando sus derechos y cumpliendo los compromisos adquiridos. Policía Nacional y Guardia Civil llevan demasiado tiempo sacando las castañas del fuego a gobiernos de todos los colores. No piden privilegios, piden igualdad. Y cuando un Estado responde con desalojos a quienes reclaman justicia, el verdadero problema no está en los uniformes, sino en los despachos desde los que se gobierna.
No escribo para convencer, escribo para pensar.
