Si has llegado hasta aquí, probablemente sea porque has escuchado o leído alguna vez que Ceuta, Melilla o incluso las Islas Canarias «pertenecen a Marruecos» o que España mantiene en ellas una supuesta situación colonial. Es un mensaje que se repite con tanta frecuencia que muchas personas terminan aceptándolo sin preguntarse si realmente responde a la historia o simplemente a una estrategia política.
Precisamente por eso he decidido escribir este artículo.
No pretendo convencer a nadie mediante consignas ni apelar a sentimientos patrióticos. Mi intención es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más necesaria: acudir a la historia documentada. Porque cuando los debates se sustentan únicamente en emociones, es fácil manipular la realidad. Cuando se sustentan en documentos, tratados y cronologías, las conclusiones son mucho más difíciles de tergiversar.
Vivimos en una época en la que una publicación en redes sociales puede llegar a millones de personas en cuestión de horas. El problema es que la velocidad con la que circula una información no garantiza que sea cierta. Al contrario, muchas veces ocurre exactamente lo contrario: cuanto más simple y contundente es un mensaje, más fácilmente se comparte, aunque sea históricamente falso.
No es la primera vez que la historia se utiliza como arma política. A lo largo de los siglos, numerosos gobiernos han intentado construir relatos que justificaran sus aspiraciones territoriales. La diferencia es que hoy esas narrativas encuentran en internet y en las redes sociales un altavoz sin precedentes.
En el caso de Ceuta, Melilla y Canarias, la estrategia suele ser la misma: repetir que «siempre fueron marroquíes» hasta que la afirmación parezca un hecho aceptado. Sin embargo, repetir una idea miles de veces no la convierte en verdad. La historia no cambia porque cambie el discurso político de un gobierno.
Conviene distinguir entre dos conceptos que a menudo se mezclan deliberadamente: una reivindicación política y un hecho histórico.
Una reivindicación política es legítima dentro de las relaciones internacionales. Cualquier Estado puede expresar que considera suyo un territorio y defender esa posición por vías diplomáticas. Lo que no puede hacer es modificar el pasado para respaldar esa reclamación. La historia no se reescribe mediante declaraciones oficiales ni campañas de propaganda.
Por eso este artículo no pretende debatir sobre lo que un gobierno desea hoy, sino sobre lo que realmente ocurrió durante siglos. Y para ello recurriremos a la cronología, a los tratados internacionales, a la evolución de los distintos reinos y a los documentos que cualquier historiador puede consultar.
Veremos que Melilla pasó a la Corona de Castilla en 1497. Que Ceuta quedó vinculada a la Monarquía Hispánica desde 1580 y que Portugal reconoció definitivamente su soberanía española en 1668. Analizaremos cuándo nació realmente el Estado marroquí moderno y comprobaremos que las Islas Canarias jamás formaron parte de ningún Estado marroquí.
No pido al lector que comparta mis opiniones. Solo le invito a hacer algo cada vez menos frecuente: contrastar los hechos antes de aceptar un relato.
Porque la historia no pertenece a los gobiernos, ni a los partidos políticos, ni a las campañas de propaganda. La historia pertenece a los documentos, a las fuentes y a las pruebas.
Y cuando uno acude a esas pruebas descubre que muchas afirmaciones repetidas durante años simplemente no resisten el análisis histórico.
Ese es el verdadero motivo por el que escribo este artículo.
