Después de recorrer más de seis siglos de historia, analizar documentos, tratados internacionales, la evolución del norte de África y la posición de las Naciones Unidas, resulta inevitable hacerse una pregunta:
¿Por qué sigue afirmándose que Ceuta, Melilla o incluso Canarias pertenecen históricamente a Marruecos?
La respuesta no está en los archivos.
No está en los tratados.
No está en la historiografía.
La respuesta hay que buscarla en la política.
La historia como herramienta política
A lo largo de la historia, todos los Estados han utilizado el pasado para reforzar su identidad nacional y justificar determinadas decisiones políticas.
No es un fenómeno exclusivo de Marruecos.
Lo hicieron los imperios europeos.
Lo hizo la Unión Soviética.
Lo hacen hoy muchas naciones cuando reinterpretan episodios históricos para respaldar reivindicaciones territoriales.
El problema aparece cuando la propaganda sustituye a los hechos.
Porque una cosa es construir un relato nacional y otra muy distinta modificar acontecimientos perfectamente documentados.
La historia no puede escribirse en función de las necesidades políticas del presente.
Los hechos son tozudos
Durante esta serie hemos visto varios hechos difíciles de discutir.
Melilla forma parte de España desde 1497.
Ceuta permanece vinculada a la Monarquía Hispánica desde 1580 y su soberanía española fue reconocida por Portugal en 1668.
Las Islas Canarias nunca estuvieron integradas en ningún reino o sultanato marroquí.
La ONU nunca ha considerado a Ceuta y Melilla territorios pendientes de descolonización.
Ninguno de estos hechos depende de una ideología.
No son opiniones.
Son datos históricos documentados.
Naturalmente, cualquier persona es libre de defender una posición política distinta.
Lo que no resulta aceptable es presentar como historia lo que en realidad constituye una aspiración política.
Reivindicar no significa tener razón
En el Derecho Internacional existen numerosas reclamaciones territoriales.
España mantiene una reclamación sobre Gibraltar.
Argentina la mantiene sobre las Islas Malvinas.
Japón y Rusia discrepan sobre las islas Kuriles.
Grecia y Turquía mantienen diferencias en el mar Egeo.
Que un Estado reclame un territorio no significa automáticamente que tenga razón desde el punto de vista histórico o jurídico.
Las reclamaciones forman parte de la diplomacia.
Los hechos pertenecen a la historia.
Conviene no confundir ambos planos.
La responsabilidad de quienes informan
Vivimos en una época en la que cualquiera puede publicar un vídeo de treinta segundos o un mensaje en redes sociales capaz de llegar a millones de personas.
Esa facilidad para difundir información también facilita la difusión de errores.
Por eso la responsabilidad de quienes escribimos sobre historia es mayor que nunca.
No basta con repetir una versión porque coincida con nuestras ideas.
Es necesario acudir a las fuentes.
Contrastar documentos.
Revisar tratados.
Consultar a los especialistas.
Aceptar que la historia suele ser mucho más compleja que un simple eslogan.
Un llamamiento al pensamiento crítico
Este artículo no pretende decir al lector lo que debe pensar.
Pretende invitarle a desconfiar de cualquier afirmación rotunda que no vaya acompañada de pruebas.
Cuando alguien asegure que Ceuta, Melilla o Canarias «siempre fueron marroquíes», la pregunta no debería ser si nos gusta o no esa afirmación.
La pregunta debería ser mucho más sencilla:
¿Dónde están los documentos que lo demuestran?
Porque en historia las afirmaciones extraordinarias necesitan pruebas extraordinarias.
Y hasta hoy esas pruebas no existen.
Una reflexión final
Las naciones cambian.
Las fronteras evolucionan.
Los gobiernos pasan.
Las ideologías se transforman.
La historia, en cambio, permanece escrita en archivos, tratados, crónicas y documentos que pueden ser consultados por cualquiera.
Podemos discutir sobre política exterior.
Podemos discrepar sobre estrategias diplomáticas.
Podemos debatir sobre el futuro.
Lo que no podemos hacer es reescribir el pasado para justificar posiciones del presente.
Ceuta, Melilla y Canarias forman parte de la historia de España desde hace siglos. Esa realidad histórica puede gustar más o menos, pero no desaparece porque alguien decida ignorarla.
Termino esta serie con la misma idea con la que la inicié.
No escribo estas páginas para alimentar enfrentamientos entre pueblos. España y Marruecos están llamados a entenderse, a cooperar y a mantener relaciones de buena vecindad. La convivencia entre naciones no se construye sobre la manipulación del pasado, sino sobre el respeto mutuo y el reconocimiento de la realidad histórica.
La historia no debe utilizarse como un arma política.
Debe servir para comprender quiénes fuimos, cómo llegamos hasta aquí y por qué los hechos documentados siempre valen más que cualquier consigna.
Porque la historia no pertenece a los gobiernos.
No pertenece a los nacionalismos.
No pertenece a la propaganda.
La historia pertenece a la verdad.
