El mamotreto de Añaza: medio siglo mirando al mar

Hay construcciones que terminan formando parte de la historia de un lugar por su belleza, por su arquitectura o por lo que representaron para una época. Y hay otras que pasan a la historia precisamente por todo lo contrario. El conocido como “mamotreto de Añaza” pertenece, desgraciadamente, a este segundo grupo.

Desde 1973, este enorme esqueleto de hormigón permanece frente al mar en la costa de Añaza, en Santa Cruz de Tenerife. Lo que nació como un ambicioso proyecto turístico terminó convirtiéndose, tras la paralización de las obras, en una mole abandonada que varias generaciones de tinerfeños hemos visto permanecer prácticamente inalterable.

Han pasado más de cincuenta años.

Medio siglo en el que Tenerife ha cambiado enormemente. Han cambiado nuestras ciudades, nuestras carreteras, nuestra manera de entender el turismo y, especialmente, nuestra sensibilidad hacia la protección del territorio y del litoral. Sin embargo, allí continúa este gigante de cemento, recordándonos que hay problemas capaces de sobrevivir a gobiernos, legislaturas y generaciones enteras.

Es cierto que detrás de este edificio existe una complicada historia de propietarios, herederos, procedimientos administrativos, expropiaciones y garantías jurídicas. Las leyes deben respetarse y la propiedad privada también. Pero resulta difícil explicar al ciudadano que más de cincuenta años no hayan sido suficientes para encontrar una solución definitiva.

Porque la burocracia también tiene consecuencias.

Mientras los expedientes avanzan lentamente, el edificio envejece, aumenta el peligro para quienes acceden ilegalmente a su interior y permanece una enorme cicatriz de hormigón en uno de los espacios costeros de nuestra isla.

Afortunadamente, parece que finalmente se están dando pasos para poner fin a esta historia. Las actuaciones para impedir el acceso al inmueble y los planes para su futura demolición y la recuperación ambiental de la zona permiten pensar que esta imagen podría tener los días contados.

Ojalá sea así.

Cuando finalmente desaparezca, no deberíamos borrar su historia de nuestra memoria. Al contrario. Este edificio también forma parte de la historia contemporánea de Tenerife, aunque sea una de esas páginas que probablemente hubiéramos preferido no escribir.

Durante décadas estuvo allí, frente al Atlántico, viendo pasar el tiempo mientras Tenerife cambiaba a su alrededor.

Y quizá cuando caiga el último bloque de hormigón convendría recordar una pregunta sencilla: ¿cómo fue posible que este monstruo de cemento permaneciera más de medio siglo mirando al mar sin que fuéramos capaces de hacerlo desaparecer antes?

La respuesta debería servirnos para que una historia semejante no vuelva a repetirse en nuestras costas.

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