Durante más de doscientos años, el actual territorio argentino formó parte del inmenso Imperio español. Sin embargo, no era una colonia independiente ni tenía un gobierno propio.
Hasta mediados del siglo XVIII, estas tierras dependían del Virreinato del Perú, cuya capital se encontraba en Lima, a miles de kilómetros de distancia. Esto hacía muy difícil gobernar una región tan extensa y controlar el comercio, la defensa y la administración.
Además, España tenía otro problema. Portugueses e ingleses mostraban un creciente interés por el sur de América, y la Corona necesitaba reforzar su presencia en la región para proteger sus territorios.
Por ese motivo, el rey Carlos III decidió reorganizar la administración de sus dominios americanos.
Así, en 1776, nació el Virreinato del Río de la Plata.
Su capital sería Buenos Aires, una ciudad que hasta entonces había tenido un papel secundario, pero que gracias a esta decisión comenzó a convertirse en el principal centro político, militar y comercial del sur del continente.
El nuevo virreinato incluía un territorio mucho más amplio que la actual Argentina. También abarcaba lo que hoy son Uruguay, Paraguay, Bolivia y parte del sur de Brasil y del norte de Chile.
Por primera vez, Buenos Aires concentraba las decisiones más importantes de la región. Desde allí se administraban los impuestos, se organizaba el ejército y se controlaba el comercio con España.
Sin proponérselo, la Corona española estaba sembrando la semilla de un futuro país.
Los habitantes del virreinato empezaron a desarrollar una identidad propia. Aunque seguían siendo súbditos del rey de España, cada vez tomaban mayor conciencia de que compartían un mismo territorio, una economía y unos intereses comunes.
Pero esa tranquilidad no duraría mucho.
A finales del siglo XVIII, nuevas ideas de libertad e igualdad comenzaron a llegar desde Europa y Norteamérica. Al mismo tiempo, España atravesaba una profunda crisis política.
Todo estaba preparado para que, apenas unas décadas después, estallara un movimiento que cambiaría la historia para siempre: la Revolución de Mayo de 1810.
