Cuando las palabras sustituyen a los argumentos y los insultos ocupan el lugar del conocimiento
Hay algo que me llama poderosamente la atención cuando escucho determinados debates políticos, especialmente en las redes sociales.
¡La facilidad con la que repartimos etiquetas!
¡Fascista! ¡Facha! ¡Nazi! ¡Comunista! ¡Rojo! ¡Dictador!
Parece que algunos llevan un diccionario de insultos en el bolsillo, aunque sospecho que no siempre han tenido ocasión de abrir uno de historia.
Y lo digo sin ánimo de ofender a nadie.
Nací en los años cincuenta del siglo pasado. Sí, del siglo pasado, que dicho así parece que uno acaba de salir de un museo arqueológico.
He conocido una España sin democracia, he visto cambiar sus instituciones, sus leyes, sus costumbres y sus libertades. He vivido acontecimientos que para muchos jóvenes son apenas unas líneas en un libro de historia.
Y eso no me convierte en dueño de la verdad.
Los años no garantizan la sabiduría, del mismo modo que la juventud no significa ignorancia.
Pero haber vivido determinados cambios proporciona una perspectiva que me gustaría compartir.
No escribo para convencer a nadie de que piense como yo. Escribo para que cada uno piense por sí mismo.
Porque antes de insultarnos por nuestras ideas, quizá deberíamos saber qué significan las palabras que utilizamos.
Vamos a ello.
1. ¿Qué es realmente el fascismo?
El fascismo no es simplemente una persona que piensa distinto de nosotros.
Es una ideología política autoritaria y ultranacionalista que adquirió protagonismo en la Italia de Benito Mussolini durante el siglo XX.
Rechazaba la democracia liberal, el pluralismo político y la idea de que los derechos individuales debieran limitar el poder del Estado. Defendía un liderazgo fuerte, la subordinación del individuo a la nación y la utilización de la movilización de masas como instrumento político.
En la práctica, el régimen de Mussolini eliminó libertades y persiguió a sus adversarios.
Por tanto, discrepar de una política de inmigración, defender la propiedad privada, querer bajar impuestos o reivindicar determinados símbolos nacionales no convierte automáticamente a nadie en fascista.
Para utilizar esa calificación con rigor hay que examinar un conjunto de ideas y conductas, especialmente su relación con el autoritarismo, la violencia política y el rechazo de la democracia pluralista.
El fascismo es una realidad histórica e ideológica, no un adjetivo que deba repartirse a quien nos lleva la contraria.
2. ¿Y qué significa «facha»?
Aquí entramos en terreno delicado.
«Facha» es una expresión coloquial y despectiva relacionada con «fascista». También se utiliza para referirse a personas consideradas reaccionarias.
Pero en las discusiones cotidianas su significado se ha extendido mucho más.
A veces basta con que alguien defienda una posición conservadora para recibir el calificativo.
¿Está justificado?
Depende de lo que esa persona defienda realmente.
Una persona puede ser conservadora, religiosa, monárquica o partidaria de reducir impuestos y respetar plenamente la democracia.
Otra puede sostener posiciones claramente antidemocráticas.
No son lo mismo.
Y aquí aparece una paradoja: hay quienes dicen defender la tolerancia, pero utilizan el insulto para evitar escuchar una opinión diferente.
La tolerancia no consiste en aceptar únicamente a quienes piensan como nosotros.
Eso se llama estar de acuerdo.
La tolerancia empieza precisamente cuando tenemos delante a alguien con quien discrepamos.
3. ¿Qué es el nazismo?
El nazismo fue la ideología del Partido Nacionalsocialista alemán, encabezado por Adolf Hitler.
Compartía con el fascismo el ultranacionalismo, el autoritarismo y el rechazo de la democracia liberal, pero incorporó como elemento central una doctrina racista y antisemita basada en una supuesta jerarquía biológica entre seres humanos.
El régimen nazi estableció una dictadura, desencadenó una guerra de conquista en Europa y organizó el Holocausto, el asesinato sistemático de seis millones de judíos, además de perseguir y asesinar a otros millones de personas.
No estamos hablando de una simple discrepancia política.
Estamos hablando de una ideología y un régimen responsables de algunos de los mayores crímenes de la historia contemporánea.
Por eso me parece importante utilizar la palabra «nazi» con conocimiento.
No todo autoritario es nazi. No todo nacionalista es nazi. Y, desde luego, no todo ciudadano de derechas es nazi.
Cuando utilizamos una palabra tan grave para cualquier discusión, corremos el riesgo de trivializar lo que realmente significó.
La historia merece algo más de respeto que convertirse en un repertorio de insultos.
4. Derecha e izquierda: ¿enemigos irreconciliables?
Las expresiones «derecha» e «izquierda» tienen su origen político en la Revolución francesa, cuando los representantes se agrupaban en la asamblea según sus posiciones.
Con el tiempo, estos términos adquirieron significados mucho más amplios.
Tradicionalmente, la derecha ha puesto mayor énfasis en cuestiones como la continuidad institucional, el orden, la tradición, la propiedad privada o la iniciativa económica, aunque existen derechas liberales, conservadoras, democristianas y otras corrientes muy distintas.
La izquierda, por su parte, ha destacado históricamente la igualdad social, los derechos de los trabajadores, la redistribución económica y la transformación de estructuras consideradas injustas.
También existen izquierdas socialdemócratas, socialistas, comunistas, libertarias y otras tendencias.
Pero cuidado.
Ni toda la derecha piensa igual ni toda la izquierda persigue los mismos objetivos.
Hay liberales que defienden amplias libertades civiles y una economía de mercado. Hay socialdemócratas que aceptan plenamente el mercado y la propiedad privada. Hay conservadores democráticos y movimientos de izquierda profundamente comprometidos con las instituciones constitucionales.
También han existido movimientos autoritarios de diferentes tradiciones ideológicas.
Por tanto, la pregunta verdaderamente importante no debería ser solamente si alguien es de derechas o de izquierdas.
Debería ser:
¿Respeta la democracia? ¿Acepta el pluralismo? ¿Defiende las libertades? ¿Reconoce los derechos de quienes piensan diferente?
Porque las etiquetas ideológicas, por sí solas, no responden a esas preguntas.
5. Dictadura: cuando el poder deja de responder ante los ciudadanos
Una dictadura es un régimen político en el que el poder se concentra en una persona o en un grupo y no está sometido a los controles democráticos efectivos propios de un Estado de Derecho.
Puede haber elecciones sin auténtica competencia, instituciones sin independencia y leyes que sirvan para proteger al gobernante en lugar de limitarlo.
España vivió una dictadura bajo Francisco Franco desde el final de la Guerra Civil, en 1939, hasta su muerte en 1975.
Yo nací durante aquella etapa.
No necesito que nadie me explique que la España de entonces era diferente de la actual.
No existían las libertades políticas que hoy reconocemos. Había censura, represión de la oposición y ausencia de elecciones democráticas nacionales.
Eso no significa que todos los españoles vivieran exactamente las mismas experiencias personales. La memoria individual puede ser muy distinta.
Pero los recuerdos particulares no cambian la naturaleza política de un régimen.
Y aquí quiero hacer una observación.
No todo Gobierno que toma decisiones que nos disgustan es una dictadura.
En democracia podemos tener gobiernos que consideremos incompetentes, injustos o excesivamente intervencionistas.
Podemos criticarlos, manifestarnos, recurrir sus decisiones ante los tribunales y votar para sustituirlos.
Esas posibilidades marcan diferencias fundamentales.
Llamar dictadura a cualquier gobierno que no nos gusta puede impedirnos identificar con precisión los verdaderos abusos de poder.
6. Totalitarismo: cuando el poder pretende ocuparlo todo
El totalitarismo va más allá del autoritarismo convencional.
Es una forma extrema de dominación política que pretende controlar no solamente el Gobierno, sino también la vida social, la información, la educación, la cultura y hasta las ideas de los ciudadanos.
El Estado o el partido gobernante aspira a eliminar los espacios independientes.
La Alemania nazi y la Unión Soviética bajo Stalin son ejemplos históricos ampliamente estudiados de sistemas totalitarios, aunque sus ideologías y estructuras económicas fueran diferentes.
Y aquí aparece una distinción esencial.
Un Estado democrático puede intervenir mucho en la economía sin ser totalitario. También puede aprobar leyes restrictivas que deban ser discutidas o impugnadas.
Para hablar de totalitarismo debemos examinar el conjunto del sistema político y su pretensión de dominación integral de la sociedad.
Como liberal, considero especialmente importante que existan límites efectivos al poder.
Porque cuando desaparecen los contrapesos, la libertad individual queda a merced de quienes mandan.
Y eso debería preocuparnos independientemente del color político del gobernante.
7. Monarquía: ¿qué significa tener un rey?
Una monarquía es una forma de organización del Estado en la que la jefatura del Estado corresponde a un monarca, normalmente mediante sucesión hereditaria.
Pero aquí viene una confusión bastante frecuente.
No todas las monarquías son absolutas ni todas las monarquías son antidemocráticas.
En una monarquía absoluta, el monarca concentra amplios poderes políticos.
En una monarquía constitucional o parlamentaria, esos poderes están regulados y limitados por el ordenamiento constitucional.
Existen monarquías parlamentarias democráticas, como las de España, Suecia, Dinamarca, Noruega, Países Bajos y Reino Unido.
Por tanto, la presencia de un rey no determina por sí sola si un país es democrático.
Lo decisivo es cómo se ejerce el poder, quién gobierna, qué controles existen y qué derechos tienen los ciudadanos.
8. República: tampoco significa automáticamente democracia
Una república es una forma de Estado cuya jefatura no corresponde a un monarca hereditario, sino que se organiza conforme a otros mecanismos, normalmente con una presidencia.
Francia, Alemania, Italia y Portugal son repúblicas democráticas.
Pero también existen Estados que se denominan repúblicas y no cumplen las condiciones de una democracia liberal.
Por eso conviene aclarar algo.
República y democracia no son sinónimos perfectos, del mismo modo que monarquía y dictadura tampoco lo son.
Una república puede ser democrática o autoritaria.
Una monarquía puede ser parlamentaria y democrática o concentrar el poder de manera autoritaria.
La diferencia fundamental está en las instituciones, las libertades y los mecanismos de control del poder.
Ser republicano es una posición política legítima.
Ser monárquico también.
Y ninguna de las dos convierte automáticamente a una persona en mejor o peor demócrata.
9. España: una monarquía parlamentaria
Aquí llegamos a nuestra propia casa.
La Constitución española de 1978 establece en su artículo 1.3:
«La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria».
¿Qué significa esto?
Que España tiene un rey como jefe del Estado, pero el rey no gobierna.
El Gobierno dirige la política interior y exterior y ejerce las funciones ejecutivas que le atribuye la Constitución.
Las Cortes Generales representan al pueblo español, ejercen la potestad legislativa y controlan al Gobierno.
La soberanía nacional reside en el pueblo español, no en el monarca.
El rey ejerce las funciones constitucionales propias de la jefatura del Estado, y sus actos están sujetos, con las excepciones previstas, al correspondiente refrendo.
Por tanto, España no es una monarquía absoluta.
Es una democracia constitucional cuya jefatura del Estado es hereditaria.
¿Puede discutirse si sería preferible una república?
Naturalmente.
¿Puede defenderse la continuidad de la monarquía parlamentaria?
También.
Ambas posiciones pueden sostenerse democráticamente.
Lo que no deberíamos hacer es confundir una discusión legítima sobre la forma del Estado con una pelea entre buenos y malos españoles.
No hace falta pensar igual sobre la Corona para compartir el respeto a las libertades y a las reglas democráticas.
10. Y ahora viene lo importante: ¿por qué nos insultamos tanto?
Hasta aquí hemos repasado conceptos históricos y políticos.
Pero ahora quiero llegar al verdadero motivo de este artículo.
¿Por qué una persona que defiende una idea diferente acaba convertida automáticamente en «facha», «rojo», «nazi» o «comunista»?
¿Por qué cuesta tanto discutir una propuesta sin descalificar a quien la plantea?
No creo que exista una sola explicación.
A veces hay desconocimiento histórico.
Otras veces intervienen la identificación emocional con un partido, la frustración, el miedo, la polarización o la necesidad de pertenecer a un grupo.
Y las redes sociales tampoco ayudan siempre.
Una explicación histórica requiere tiempo.
Un insulto cabe en cinco palabras y puede conseguir cientos de reacciones.
Así hemos terminado confundiendo la contundencia con la inteligencia.
Pero gritar más fuerte no convierte un argumento en verdadero.
Llamar fascista a alguien no demuestra que lo sea.
Llamar comunista a cualquiera que defienda servicios públicos tampoco demuestra nada.
Y llamar dictador a un gobernante sin analizar las instituciones y sus actuaciones no sustituye al razonamiento político.
Naturalmente, hay comportamientos e ideologías que merecen críticas muy severas. Las palabras fascismo, nazismo o totalitarismo no deben desaparecer de nuestro vocabulario cuando están justificadas.
Lo que necesitamos es emplearlas con precisión.
Porque una acusación grave exige razones graves.
11. A los jóvenes: no heredéis nuestras trincheras
Quiero dirigirme especialmente a quienes no vivieron la dictadura, la Transición ni los primeros años de nuestra democracia.
No os pido que penséis como yo.
Sería absurdo.
Vuestra generación tiene problemas, aspiraciones y experiencias que son diferentes de las mías.
Y tiene todo el derecho a cuestionar lo que hicieron las generaciones anteriores.
Pero os pediría algo.
Leed historia.
Consultad fuentes diferentes.
Preguntad antes de repetir.
No confundáis un vídeo de treinta segundos con una explicación completa.
Y, sobre todo, no permitáis que ningún partido os entregue una lista de personas a las que debéis despreciar.
Podéis ser de izquierdas, de derechas, liberales, conservadores, socialdemócratas, monárquicos, republicanos o no identificaros con ninguna de esas posiciones.
Podéis cambiar de opinión.
¡Faltaría más!
Pensar no consiste en permanecer toda la vida encerrado en las mismas ideas.
Consiste también en tener la capacidad de revisarlas.
Y permitidme una pequeña observación de alguien nacido en los años cincuenta.
He visto cambiar demasiadas cosas como para creer que una sola generación, una sola ideología o un solo partido tiene todas las respuestas.
Tampoco los mayores tenemos derecho a dar lecciones sin escuchar.
La experiencia aporta perspectiva.
La juventud aporta preguntas nuevas.
Y una sociedad inteligente necesita ambas cosas.
12. No quiero convencerte: quiero que pienses
Llegados a este punto, alguno quizá se pregunte:
«¿Y este JMacGyver qué pretende? ¿Que todos seamos liberales?».
Pues no.
Mi manera de entender la libertad es precisamente incompatible con pretender que todo el mundo piense igual.
Defiendo mis ideas porque creo en ellas, pero acepto que otros puedan defender las suyas.
No necesito que mi vecino vote como yo.
No necesito que mis amigos compartan todas mis opiniones.
Ni necesito que una persona cambie de pensamiento para respetarla.
Lo que sí considero imprescindible es que podamos discutir sin convertir cada discrepancia en una guerra.
Porque una sociedad donde nadie se atreve a expresar sus ideas por miedo al insulto no está disfrutando plenamente de la cultura de libertad que necesita una democracia.
Y una sociedad donde todos hablan, pero nadie escucha, acaba convirtiendo el debate público en una competición de ruido.
La libertad de expresión no nos garantiza tener razón. Nos permite discutirla.
Y esa diferencia es extraordinariamente importante.
13. Una última reflexión de alguien del siglo pasado
A veces escucho discusiones políticas y tengo la sensación de que hemos conseguido algo verdaderamente sorprendente.
Disponemos de más información que nunca.
Podemos consultar documentos históricos, constituciones, bibliotecas y archivos sin levantarnos del sofá.
Tenemos a nuestro alcance conocimientos que otras generaciones habrían tardado semanas en encontrar.
Y, sin embargo, seguimos utilizando palabras enormes con una ligereza asombrosa.
Fascista.
Nazi.
Dictador.
Comunista.
Totalitario.
Palabras que representan ideologías, experiencias históricas y, en muchos casos, sufrimientos humanos de enorme magnitud.
No deberían convertirse en simples piedras que arrojamos al adversario.
No propongo suavizar la crítica política.
Al contrario.
Propongo hacerla más rigurosa.
Si alguien defiende una medida injusta, expliquemos por qué es injusta.
Si un gobernante abusa de su poder, identifiquemos el abuso.
Si un partido propone restringir libertades, examinemos esas restricciones.
Y si alguien sostiene posiciones antidemocráticas, señalémoslas con argumentos y hechos.
Pero dejemos de utilizar el insulto como sustituto del pensamiento.
Porque insultar es fácil.
Lo difícil es razonar, escuchar una respuesta y aceptar que quizá no tenemos toda la razón.
Y ahora sí, termino.
No sé si este artículo habrá convencido a alguien.
Tampoco era mi intención.
Si ha conseguido que una sola persona se pregunte qué significa realmente una palabra antes de utilizarla, me daré por satisfecho.
Y si alguien discrepa de lo que he escrito, estupendo.
Que lo explique.
Que argumente.
Que aporte datos.
Que me contradiga.
Para eso está la libertad.
Pero, por favor, antes de llamarnos fascistas, nazis, rojos o dictadores, aprendamos qué significa cada cosa.
Porque la ignorancia puede corregirse estudiando.
El desacuerdo puede resolverse —o convivir— mediante el diálogo.
Pero cuando sustituimos las razones por los insultos, dejamos de discutir ideas y empezamos a levantar muros.
Y bastante costó derribar algunos muros como para que ahora nos dediquemos a construir otros con nuestras propias palabras.
P. D. de JMacGyver: Hoy me ha salido un artículo algo más largo y quizá menos bromista de lo habitual. Será que los años van acumulando recuerdos y uno siente la necesidad de compartirlos.
No pretendo dar lecciones a nadie. Bastante tengo todavía con todo lo que me queda por aprender.
Simplemente creo que, antes de enfrentarnos por una palabra, deberíamos conocer su significado.
Y si después de leer esto alguien quiere llamarme «facha», «rojo» o cualquier otra cosa, le pediría un pequeño favor:
Que primero me explique qué significa.
Así, por lo menos, habremos empezado una conversación.
JMacGyver
Un ciudadano del siglo pasado que todavía cree que pensar por uno mismo es una de las mejores formas de ejercer la libertad.
