La Segunda República no fue políticamente uniforme. En apenas cinco años conoció gobiernos de distinta orientación, profundas reformas, intentos de rectificarlas y una sociedad cada vez más enfrentada. Las elecciones de noviembre de 1933 marcaron uno de sus grandes cambios de rumbo. Fueron, además, las primeras elecciones generales españolas en las que las mujeres pudieron votar.
Después de dos años de gobiernos encabezados principalmente por republicanos de izquierda y socialistas, una parte considerable de la sociedad española quería un cambio. Las reformas religiosas, militares, educativas y agrarias habían generado importantes apoyos, pero también una fuerte oposición. A ello se sumaban la conflictividad social, las divisiones políticas y el desgaste sufrido por el Gobierno de Manuel Azaña.
Las urnas cambian el mapa político
El 19 de noviembre de 1933 los españoles volvieron a votar. El resultado supuso un importante retroceso de las fuerzas que habían protagonizado el primer bienio y un avance del centro y de las derechas. Las nuevas Cortes serían muy diferentes de las elegidas en 1931.
Entre las fuerzas que adquirieron mayor protagonismo estaba la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), dirigida por José María Gil-Robles. Junto a ella ocupaba una posición decisiva el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux.
Y aquí debemos hacer una distinción importante: Lerroux era republicano.
No estamos hablando simplemente de una sustitución de republicanos por monárquicos. La realidad política de 1933 era bastante más complicada.
Alejandro Lerroux: del republicanismo radical al centro del poder
Alejandro Lerroux llevaba décadas participando en la política española. Había sido diputado ya a comienzos del siglo XX y su Partido Republicano Radical existía mucho antes de la proclamación de la Segunda República. De hecho, Lerroux había formado parte del Gobierno Provisional nacido el 14 de abril de 1931 como ministro de Estado.
Después de las elecciones de 1933 volvió a ocupar la Presidencia del Consejo de Ministros. El Congreso documenta varios gobiernos presididos por Lerroux entre diciembre de 1933 y septiembre de 1935.
Su posición resultaba especialmente complicada. Necesitaba apoyo parlamentario de las derechas, particularmente de la CEDA, pero gobernaba dentro de una República que una parte de esas derechas contemplaba con profundas reservas.
La política española comenzaba a funcionar sobre equilibrios cada vez más difíciles.
La CEDA y el miedo de la izquierda
La CEDA se había convertido en una poderosa fuerza parlamentaria. Su ascenso provocaba una enorme desconfianza entre las izquierdas, que temían que la derecha pudiera utilizar las propias instituciones republicanas para modificar profundamente el régimen.
Pero aquí debemos tener cuidado al contar la Historia desde el presente.
Tener miedo de lo que un adversario pudiera hacer no equivalía a que ese adversario hubiera cometido ya aquello que se temía.
Ese matiz resulta fundamental.
Porque uno de los problemas que comenzaba a sufrir la República era precisamente ese: cada sector político empezaba a desconfiar de las intenciones del otro hasta el punto de considerar que una victoria electoral del adversario podía representar una amenaza para el propio sistema.
Y cuando una democracia empieza a aceptar solamente las elecciones que gana uno mismo, el problema deja de ser exclusivamente electoral.
Un país cada vez más enfrentado
El nuevo periodo político trató de revisar o frenar algunas de las reformas del primer bienio. Para la derecha significaba corregir políticas que consideraba excesivas; para buena parte de la izquierda significaba desmontar los avances logrados desde 1931.
Las posiciones comenzaron a endurecerse.
Ya no se discutía solamente sobre agricultura, religión, autonomía, Ejército o condiciones laborales. Cada vez más españoles empezaban a preguntarse algo mucho más peligroso:
¿qué ocurrirá si gobiernan los otros?
La política iba dejando de consistir únicamente en convencer al ciudadano para convertirse progresivamente en impedir que gobernara el adversario.
Y entonces llegó octubre de 1934.
La reflexión de JMACGYVER
Aquí quiero detenerme porque existe una enseñanza histórica que considero importante.
En 1933 las urnas cambiaron la mayoría política.
Eso es democracia.
Podemos discutir las ideas de aquellos partidos, sus actuaciones posteriores, sus errores y hasta sus verdaderas intenciones. Pero si pretendemos comprender nuestra Historia debemos aplicar el mismo criterio a todos: el resultado de unas elecciones no puede ser democrático solamente cuando gana quien piensa como nosotros.
La izquierda había gobernado después de las elecciones de 1931. El centro y las derechas avanzaron decisivamente después de las de 1933. Y la izquierda volvería a ganar con el Frente Popular en febrero de 1936. El Congreso conserva precisamente la secuencia electoral de la República: 1931, 1933 y 1936.
Quizá una de las tragedias de aquella España fue que demasiadas personas dejaron progresivamente de considerar al adversario como alguien que podía gobernar legítimamente y comenzaron a verlo como alguien al que había que impedir gobernar.
Y cuando llegamos a ese punto, las urnas empiezan a perder su capacidad para resolver nuestras diferencias.
JMACGYVER
La democracia no consiste solamente en aceptar que podamos ganar. Consiste también en aceptar que podemos perder.
El siguiente capítulo tiene que ser necesariamente uno de los más delicados de toda la serie:
HISTORIA | Octubre de 1934: Asturias, la insurrección y una República que comenzaba a romperse
Aquí hay que hilar muy fino. Asturias, Largo Caballero, el PSOE y la UGT, la insurrección, la entrada de ministros de la CEDA en el Gobierno, la actuación del Ejército, Franco y la represión posterior. Sin blanquear a unos ni cargar toda la responsabilidad sobre otros. Ahí ya empezamos a comprender de verdad cómo España se acercaba peligrosamente a 1936.
