HISTORIA POLÍTICA DE ESPAÑA | Adolfo Suárez: el hombre del régimen que ayudó a desmontar el régimen

La Historia tiene estas paradojas. Si alguien hubiera observado únicamente el currículum de Adolfo Suárez antes de 1976, probablemente no habría pensado que aquel hombre acabaría convirtiéndose en una de las figuras fundamentales de la democracia española. Había ocupado cargos durante el franquismo y había sido gobernador civil de Segovia y director general de RTVE. En diciembre de 1975 fue nombrado ministro secretario general del Movimiento.

Cuando el rey Juan Carlos I lo nombró presidente del Gobierno el 3 de julio de 1976, sustituyendo a Carlos Arias Navarro, su elección provocó importantes recelos. Parte de la oposición democrática desconfiaba de un político procedente del régimen y algunos reformistas esperaban otro candidato. Sin embargo, Suárez terminaría protagonizando una operación política extraordinariamente compleja: transformar el sistema utilizando inicialmente sus propias estructuras jurídicas.

Cambiar la ley utilizando la ley

Aquí aparece probablemente la mayor habilidad política de Suárez.

En lugar de plantear una ruptura inmediata con todas las instituciones existentes, impulsó la Ley para la Reforma Política. El proyecto fue aprobado por las propias Cortes franquistas en noviembre de 1976 y después sometido a referéndum el 15 de diciembre, donde obtuvo un respaldo abrumador.

La paradoja era enorme.

Las instituciones creadas por el franquismo estaban aprobando el mecanismo que permitiría sustituirlas por unas Cortes elegidas mediante sufragio universal.

Aquello que posteriormente se resumiría como pasar «de la ley a la ley a través de la ley» permitió avanzar hacia un nuevo sistema evitando una ruptura institucional abrupta.

Pero todavía quedaban decisiones muchísimo más difíciles.

Legalizar a quien había sido el enemigo

Una de ellas llegó el 9 de abril de 1977, Sábado Santo.

El Gobierno legalizó el Partido Comunista de España.

Hoy puede parecernos simplemente otro episodio de la Transición. En aquel momento fue una decisión extraordinariamente arriesgada. El PCE había sido uno de los grandes enemigos políticos del franquismo y su legalización provocó un profundo rechazo en sectores militares y conservadores.

Suárez comprendió, sin embargo, algo elemental: difícilmente podían celebrarse unas elecciones plenamente democráticas dejando fuera a una fuerza política con implantación real en la sociedad española.

También Santiago Carrillo y el PCE realizaron importantes concesiones. Aceptaron la monarquía parlamentaria, la bandera rojigualda y el proceso político que se estaba construyendo.

Nadie consiguió todo lo que quería.

Quizá precisamente por eso consiguieron avanzar.

15 de junio de 1977: España vuelve a votar

El 15 de junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones democráticas generales desde febrero de 1936.

Habían transcurrido más de cuarenta años.

La Unión de Centro Democrático (UCD) encabezada por Suárez fue la fuerza más votada, seguida por el PSOE de Felipe González. El PCE de Santiago Carrillo y Alianza Popular, encabezada por Manuel Fraga, quedaron a considerable distancia de los dos primeros.

Pero las elecciones no solucionaron mágicamente los problemas de España.

Había inflación, desempleo, terrorismo, conflictividad laboral, incertidumbre militar y enormes diferencias ideológicas.

Y entonces ocurrió algo que hoy parece casi revolucionario:

se sentaron a negociar.

Los Pactos de la Moncloa

En octubre de 1977, Gobierno, partidos políticos y posteriormente organizaciones sociales alcanzaron los Pactos de la Moncloa para afrontar la grave situación económica y consolidar el proceso democrático.

No desaparecieron las diferencias.

Los comunistas siguieron siendo comunistas. Los socialistas siguieron siendo socialistas. La derecha siguió siendo derecha.

Pero comprendieron que había problemas cuya solución no podía esperar a que uno de ellos consiguiera derrotar políticamente a todos los demás.

Y después llegó el gran acuerdo.

La Constitución de 1978

Representantes de fuerzas políticas muy diferentes participaron en la elaboración de la nueva Constitución.

La Constitución fue aprobada por las Cortes y ratificada en referéndum el 6 de diciembre de 1978. España quedaba configurada como un Estado social y democrático de Derecho bajo una monarquía parlamentaria.

Suárez volvió a ganar las elecciones generales de 1979.

Pero entonces comenzaron sus problemas más graves.

Porque construir un partido para realizar una transición podía ser más sencillo que mantenerlo unido cuando comenzaba la política cotidiana.

El desgaste de Suárez

UCD era una coalición extraordinariamente heterogénea. Liberales, democristianos, socialdemócratas y antiguos integrantes del régimen convivían bajo unas mismas siglas.

Las divisiones internas aumentaron.

También aumentaron los problemas económicos, el terrorismo de ETA y la presión política y militar.

Suárez fue quedándose progresivamente más solo.

El 29 de enero de 1981 anunció su dimisión como presidente del Gobierno y de UCD.

Y entonces pronunció una frase que ha quedado vinculada para siempre a aquella decisión: dijo que no quería que el sistema democrático de convivencia fuera, una vez más, «un paréntesis en la Historia de España».

Menos de un mes después, el 23 de febrero de 1981, España contemplaría a guardias civiles entrando armados en el Congreso.

La reflexión de JMACGYVER

No quiero convertir a Adolfo Suárez en un santo de la democracia.

Cometió errores, tomó decisiones discutibles y gobernó en circunstancias extraordinariamente complicadas.

Pero hay algo de aquella generación política que me resulta difícil no comparar con nuestro presente.

Suárez tuvo que negociar con personas que habían estado literalmente enfrentadas durante una dictadura.

Carrillo había pasado décadas en el exilio.

Fraga había sido ministro de Franco.

Felipe González representaba a un PSOE que aspiraba a sustituir políticamente a Suárez.

Y todos tenían motivos para desconfiar de todos.

Sin embargo, negociaron.

No porque se quisieran.

No porque olvidaran sus ideas.

Y mucho menos porque desaparecieran sus diferencias.

Negociaron porque comprendieron algo que quizá hoy deberíamos recordar:

pactar no significa rendirse.

A veces significa aceptar que el país es más importante que nuestro partido.

Aquellos hombres tampoco fueron perfectos. No necesitamos idealizar la Transición ni esconder sus problemas para reconocer lo que consiguió.

Después de una dictadura de casi cuarenta años y de una Guerra Civil cuyo recuerdo seguía presente en millones de familias, españoles que pensaban radicalmente distinto consiguieron sentarse alrededor de una mesa.

Quizá la pregunta que deberíamos hacernos hoy no sea si aquellos políticos eran mejores que los actuales.

Quizá sea bastante más incómoda:

¿cómo pudieron ponerse de acuerdo personas que habían vivido enfrentadas durante décadas y por qué nosotros tenemos tantas dificultades para hacerlo viviendo en democracia?

JMACGYVER
La democracia no exige pensar igual. Exige algo mucho más difícil: aprender a convivir pensando diferente.

El siguiente Santiago Carrillo. Porque después de explicar cómo Suárez se atrevió a legalizar al Partido Comunista, debemos contar también qué tuvo que aceptar Carrillo para participar en aquella democracia.

Y ahí habrá una parte bastante más incómoda: Paracuellos. No lo escondería, pero tampoco escribiría que Carrillo ordenó las matanzas como un hecho demostrado si la documentación histórica no permite afirmarlo de esa manera. Separaremos nuevamente hechos acreditados, responsabilidades discutidas y propaganda posterior.

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