Pocas elecciones españolas han sido discutidas durante tanto tiempo como las celebradas el 16 de febrero de 1936. Unos las presentan como una victoria democrática indiscutible del Frente Popular; otros hablan directamente de fraude y sostienen que aquella victoria fue robada. Casi noventa años después, quizá merezca la pena hacer algo más sencillo: separar lo que sabemos de lo que todavía discuten los historiadores.
España llegó a aquellas elecciones profundamente dividida. A la izquierda se había formado el Frente Popular, que agrupaba a republicanos de izquierda, socialistas y otras fuerzas, con apoyo electoral de los comunistas dentro de la coalición. A la derecha se presentaron distintas candidaturas y alianzas en torno a la CEDA y otras organizaciones conservadoras. El centro político, que años antes había desempeñado un papel fundamental, llegaba considerablemente debilitado.
El Frente Popular ganó
Hay algo que debemos dejar claro desde el principio: el Frente Popular ganó las elecciones y obtuvo la mayoría parlamentaria. El propio Congreso de los Diputados recoge que las fuerzas agrupadas en el Frente Popular consiguieron 257 diputados.
Pero el sistema electoral de la Segunda República no funcionaba como el actual. Favorecía enormemente a las coaliciones vencedoras en cada circunscripción, de manera que una diferencia relativamente reducida en votos podía transformarse en una diferencia mucho mayor en escaños.
Por eso tampoco debemos confundir porcentaje de votos con número de diputados.
Y hay otra cuestión importante: el proceso electoral no terminó completamente la noche del 16 de febrero. Había escrutinios, segundas vueltas, reclamaciones y revisión parlamentaria de actas que todavía debían desarrollarse.
Entonces, ¿hubo irregularidades?
Sí.
Negarlo tampoco ayudaría a comprender lo sucedido.
Hubo irregularidades y conflictos en determinadas circunscripciones y controversias posteriores relacionadas con el escrutinio y la revisión de actas. La propia documentación parlamentaria conserva casos de proclamaciones posteriormente anuladas o elecciones repetidas. Por ejemplo, consta documentalmente la anulación de una proclamación en Asturias y una elección parcial posterior en Cuenca.
Los historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García han defendido que las irregularidades y manipulaciones tuvieron una importancia considerable en el proceso electoral y especialmente en determinadas fases posteriores a la votación.
Otros historiadores cuestionan que sus investigaciones permitan concluir que el Frente Popular consiguió fraudulentamente la victoria. Investigaciones posteriores, como la de Carmelo Romero Salvador, sostienen que las irregularidades existieron pero que no alteraron el hecho esencial de que el Frente Popular había ganado las elecciones.
Por tanto, escribir simplemente «las elecciones fueron un fraude» sería ir más allá de lo que permite afirmar sin controversia la historiografía.
Pero escribir que fueron absolutamente impecables tampoco reflejaría todos los problemas documentados.
Una transición de poder muy complicada
Después de conocerse los primeros resultados ocurrió algo políticamente importante.
El presidente del Gobierno, Manuel Portela Valladares, abandonó el cargo antes de que hubiese concluido todo el proceso electoral. El Congreso señala expresamente que todavía debía celebrarse una segunda vuelta y que las nuevas Cortes ni siquiera se habían constituido. Su salida generó un vacío de poder que precipitó la formación de un Gobierno presidido por Manuel Azaña.
Azaña volvió así al Gobierno el 19 de febrero de 1936.
La victoria electoral abrió además la puerta a la amnistía de los condenados y presos relacionados con los acontecimientos de octubre de 1934, una de las principales promesas electorales del Frente Popular.
Pero España no regresó a la tranquilidad.
Todo lo contrario.
El problema ya era mucho mayor que unas elecciones
Durante los meses siguientes aumentaron los conflictos sociales y la violencia política.
Había enfrentamientos callejeros, huelgas, ocupaciones, atentados y asesinatos políticos. Falangistas, militantes izquierdistas y otros grupos participaban en una espiral de acción y represalia que iba deteriorando todavía más la convivencia.
Pero aquí debemos evitar una trampa histórica muy importante:
la violencia de aquellos meses no convirtió automáticamente en legítimo el golpe militar posterior.
Y tampoco debemos cometer el error contrario: condenar el golpe militar no obliga a negar el deterioro del orden público y la violencia política que existieron durante aquellos meses.
Las dos cosas pueden ser ciertas simultáneamente.
Mientras tanto, algunos militares conspiraban
Este punto resulta fundamental para entender lo que vendría después.
La conspiración militar no comenzó como reacción inmediata al asesinato de José Calvo Sotelo en julio, aunque aquel crimen aceleró adhesiones y tuvo un enorme impacto.
Desde meses antes existían contactos y preparativos entre militares partidarios de derribar al Gobierno. El general Emilio Mola acabaría desempeñando un papel central en la organización de la conspiración.
Esto importa porque durante décadas se ha utilizado el asesinato de Calvo Sotelo como explicación casi inmediata del levantamiento.
No fue así.
El asesinato fue gravísimo.
Pero la conspiración ya existía.
La destitución de Alcalá-Zamora
Mientras aumentaba la tensión, las nuevas Cortes tomaron otra decisión trascendental.
El 7 de abril de 1936, Niceto Alcalá-Zamora fue destituido de la Presidencia de la República. Las Cortes consideraron que la segunda disolución parlamentaria que había decretado no había sido necesaria en los términos constitucionales.
Paradójicamente, aquellas mismas elecciones que habían permitido la victoria del Frente Popular terminaron sirviendo para apartar al hombre que las había convocado.
Manuel Azaña fue posteriormente elegido presidente de la República.
El hombre que había vuelto a presidir el Gobierno en febrero pasaba ahora a ocupar la Jefatura del Estado.
España entraba en sus últimos meses de paz.
La reflexión de JMACGYVER
Después de leer sobre aquellas elecciones me queda una sensación incómoda.
Seguimos intentando utilizar 1936 para ganar discusiones políticas en 2026.
Unos necesitan demostrar que aquellas elecciones fueron completamente fraudulentas porque eso encaja con determinada explicación posterior de la Guerra Civil.
Otros parecen necesitar demostrar que absolutamente todo funcionó perfectamente porque admitir irregularidades podría parecer una concesión al relato contrario.
¿Y si dejamos que la Historia sea más complicada?
El Frente Popular ganó las elecciones.
Hubo irregularidades y controversias en determinadas circunscripciones y fases del proceso.
La España posterior a las elecciones sufrió una grave violencia política.
Y al mismo tiempo existía una conspiración militar para derribar al Gobierno.
Reconocer cualquiera de esas realidades no obliga a negar las demás.
Quizá nuestro problema siga siendo el mismo: queremos que la Historia nos entregue un certificado diciendo que los nuestros siempre tuvieron razón.
Y la Historia rara vez concede certificados de inocencia.
JMACGYVER
La Historia no debería servirnos para ganar discusiones del presente. Debería servirnos para comprender los errores del pasado.
