HISTORIA POLÍTICA DE ESPAÑA | Francisco Largo Caballero: del reformismo obrero a la revolución

Francisco Largo Caballero es uno de esos personajes de nuestra historia que todavía provoca pasiones casi un siglo después. Para unos fue un dirigente obrero que dedicó su vida a mejorar las condiciones de los trabajadores; para otros, uno de los responsables de la radicalización que precedió a la Guerra Civil. Las dos imágenes contienen elementos de su trayectoria, pero ninguna basta por sí sola para explicar quién fue.

Nació en Madrid en 1869 y procedía de un ambiente humilde. Trabajó como estuquista y desarrolló prácticamente toda su vida política dentro del socialismo y del sindicalismo. Mucho antes de 1936 ya era una figura fundamental de la UGT y del PSOE y había llegado al Congreso como diputado en 1918. No apareció repentinamente con la República: cuando esta llegó, llevaba décadas participando en el movimiento obrero y en la política española.

El Largo Caballero reformista

Aquí comienza una parte de su historia que a veces se olvida.

Con la proclamación de la Segunda República en abril de 1931, Largo Caballero se convirtió en ministro de Trabajo y permaneció al frente de esa área durante los gobiernos del primer bienio hasta septiembre de 1933. Desde allí impulsó una importante legislación laboral destinada a regular las relaciones entre trabajadores y empresarios y a reforzar la negociación y los derechos laborales.

Es decir, durante aquellos primeros años encontramos a un dirigente socialista intentando transformar las condiciones laborales desde el Gobierno y mediante leyes.

Pero algo cambió.

De las reformas a la radicalización

A partir de 1933, Largo Caballero fue perdiendo confianza en que las reformas parlamentarias fueran suficientes para alcanzar los objetivos socialistas. Su discurso se endureció notablemente.

La derrota electoral de las izquierdas en noviembre de 1933 y el crecimiento de la CEDA reforzaron esa evolución. Además, Europa ofrecía entonces un panorama inquietante: Hitler había llegado al poder en Alemania y el fascismo italiano llevaba años gobernando. Una parte de la izquierda española comenzó a temer que España pudiera recorrer un camino semejante.

Ese contexto ayuda a explicar la radicalización.

Pero explicar no significa justificar.

Un estudio académico publicado por la Universidad Complutense sitúa precisamente en el verano de 1933 una ruptura importante de Largo Caballero con el gradualismo legalista que había caracterizado anteriormente parte de su trayectoria.

1934: cuando las palabras dejaron paso a los hechos

Y llegamos al episodio que acabamos de contar en el artículo anterior.

Largo Caballero fue una figura central del socialismo durante la preparación del movimiento revolucionario de octubre de 1934. La insurrección fracasó en gran parte de España, aunque en Asturias adquirió una enorme dimensión.

Tras aquellos acontecimientos fue detenido y procesado.

Aquí no deberíamos buscar excusas partidistas. Una parte del movimiento socialista había abandonado en aquel momento la estrategia exclusivamente parlamentaria y apostado por una vía insurreccional. Reconocerlo no convierte automáticamente en legítimo todo lo que posteriormente hicieran sus adversarios.

Esta distinción me parece fundamental para comprender nuestra Historia.

Podemos condenar la insurrección de 1934 y, al mismo tiempo, condenar el golpe militar de 1936.

No necesitamos escoger uno para justificar el otro.

¿El «Lenin español»?

A Largo Caballero se le asocia constantemente con el sobrenombre de «Lenin español».

El apodo existió y refleja la imagen revolucionaria que llegó a rodearlo durante aquellos años. Pero utilizarlo como explicación completa del personaje sería demasiado sencillo. La propia historiografía discute hasta qué punto esa etiqueta representa realmente su pensamiento y personalidad política.

Y aquí encontramos nuevamente al personaje contradictorio.

El mismo hombre que había participado durante años en instituciones y organismos laborales, que había sido diputado y ministro de Trabajo, terminó defendiendo posiciones revolucionarias.

Después, cuando comenzó la Guerra Civil, volvería a asumir la máxima responsabilidad gubernamental.

De revolucionario a presidente del Gobierno

El golpe militar de julio de 1936 fracasó en buena parte de España y desembocó en la Guerra Civil.

En septiembre, en uno de los momentos más críticos para la República, Largo Caballero fue nombrado presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra. Ocupó ambos cargos desde el 4 de septiembre de 1936 hasta el 17 de mayo de 1937.

El revolucionario tenía ahora que gobernar.

Y gobernar durante una guerra significaba intentar reconstruir la autoridad del Estado mientras combatían, dentro del mismo campo republicano, socialistas, comunistas, anarquistas y otras fuerzas con proyectos políticos diferentes.

Las tensiones internas terminaron debilitándolo. Tras los enfrentamientos de mayo de 1937 en Barcelona y una grave crisis dentro del Gobierno, abandonó la presidencia. Juan Negrín lo sustituyó.

Largo Caballero nunca recuperaría aquel poder político.

De la Guerra Civil a un campo de concentración nazi

La derrota republicana lo llevó al exilio en Francia.

Y su vida todavía tendría un último capítulo terrible.

Durante la ocupación alemana fue detenido por la Gestapo y deportado al campo de concentración nazi de Sachsenhausen, donde permaneció hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

Murió en París el 23 de marzo de 1946, con 76 años. El Congreso conserva su trayectoria parlamentaria y gubernamental, desde aquel trabajador de oficio estuquista hasta quien llegó a presidir el Gobierno de la República en guerra.

La reflexión de JMACGYVER

Largo Caballero demuestra por qué debemos tener cuidado cuando intentamos resumir a una persona con una etiqueta.

Fue obrero, sindicalista, diputado, ministro, revolucionario, presidente del Gobierno, exiliado y prisionero de los nazis.

Todo eso fue Largo Caballero.

Ocultar su participación en la radicalización socialista y en el proceso insurreccional de 1934 sería contar solamente la mitad de la historia. Pero borrar décadas de sindicalismo, legislación laboral y actividad parlamentaria para convertirlo exclusivamente en «el Lenin español» sería contar la otra mitad.

Y las medias verdades tienen un problema:

cuando escogemos solamente la mitad de la Historia que beneficia a nuestro bando, dejamos de estudiar Historia y empezamos a fabricar propaganda.

No necesito admirar a Largo Caballero para reconocer lo que hizo bien.

Tampoco necesito demonizarlo para señalar aquello en lo que considero que se equivocó.

Quizá eso sea precisamente estudiar Historia con libertad.

JMACGYVER
La Historia no necesita que defendamos a sus protagonistas. Necesita que intentemos comprenderlos.


Para el siguiente cambiamos de acera política deliberadamente: José María Gil-Robles y la CEDA. Así el lector verá que aplicamos exactamente el mismo método a la derecha que acabamos de aplicar a Largo Caballero: trayectoria, ideas, hechos, controversias y contexto, sin absolver ni condenar de antemano.

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