Cuando el odio sustituye al debate, todos podemos acabar pagando las consecuencias. | Por JMACGYVER
Hay algo que me preocupa mucho más que saber quién ganará las elecciones del próximo 29 de noviembre: la facilidad con la que estamos convirtiendo al adversario político en un enemigo al que hay que combatir. Lo hemos visto en A Coruña y Avilés, con enfrentamientos, barricadas, heridos y detenidos durante protestas contra actos de Vox. Manifestarse contra cualquier partido es un derecho; intentar impedir por la fuerza que otros ejerzan el suyo es otra cosa muy distinta. Pero tampoco podemos mirar hacia otro lado cuando algunos jóvenes de ideología contraria responden con consignas sobre la muerte de los rojos o con expresiones que deshumanizan al adversario. ¿De verdad queremos volver a escuchar semejantes barbaridades en las calles españolas? No juguemos con fuego. Nuestra historia debería habernos enseñado lo suficiente.
Lo verdaderamente preocupante es el papel de quienes tienen responsabilidades políticas. En los últimos días, dirigentes del PP y de Vox han acusado al Gobierno y a sectores de la izquierda de alimentar la tensión. El Ejecutivo rechaza esas acusaciones y varios de sus ministros han condenado la violencia, aunque otros representantes políticos han puesto el acento en las provocaciones que atribuyen a Vox. Ahí está precisamente el problema: cuando se producen disturbios, lo primero debería ser condenar las agresiones, proteger a los ciudadanos y respaldar a los agentes que garantizan la seguridad. Después habrá tiempo para discutir las ideas de cada partido. Porque explicar por qué alguien está enfadado no equivale a justificar que arroje una piedra. Y si un dirigente, sea del partido que sea, alienta deliberadamente el enfrentamiento, debe responder políticamente por sus palabras.
Nuestra Constitución tampoco admite demasiadas interpretaciones creativas. El artículo 14 proclama la igualdad ante la ley; el 20 protege la libertad de expresión y el 21 reconoce el derecho de reunión pacífica. Pacífica, señores, que no es una palabra decorativa. El ciudadano que acude a un mitin de izquierdas tiene los mismos derechos que quien asiste a uno de derechas. Y quien protesta contra cualquiera de ellos puede hacerlo sin que nadie deba impedirle manifestarse. Lo que no existe es un derecho constitucional a intimidar, agredir o silenciar al contrario. Si algunos pretenden convertir la calle en un lugar donde solo puedan hablar los suyos, quizá deberían volver a leer la Constitución antes de presentarse como sus más entusiastas defensores.
Y todo esto sucede cuando todavía estamos en precampaña. ¡Magnífico comienzo! Unos denuncian una estrategia para calentar las calles; otros hablan de provocaciones y de victimismo electoral. La Delegación del Gobierno en Galicia ha tenido que explicar por qué coincidieron en la misma plaza una convocatoria de Vox y otra de protesta, mientras sindicatos policiales han cuestionado la planificación del dispositivo. Son asuntos que merecen explicaciones y una investigación rigurosa, no otra competición de insultos. Lo que no está demostrado es que exista una orden del Gobierno para provocar disturbios, pero tampoco sería aceptable que ninguna autoridad tolerase intimidaciones por simpatía ideológica. El Estado tiene la obligación de garantizar los derechos de todos, no de administrar la tranquilidad según el color de las papeletas.
Me inquieta que algunos políticos parezcan olvidar que, después del 29 de noviembre, los españoles tendremos que seguir viviendo juntos. Seguiremos compartiendo calles, hospitales, colegios, comercios y familias en las que no todos votamos lo mismo. ¿Qué ganamos sembrando un odio que después nadie sabe recoger? No quiero una España donde haya que mirar por encima del hombro antes de expresar una opinión, ni donde unos se crean propietarios de la democracia y otros respondan con amenazas de muerte. Quiero que quienes gobiernan, quienes aspiran a gobernar y quienes se manifiestan comprendan algo elemental: las elecciones se ganan o se pierden en las urnas, no intimidando al vecino. Mucho cuidado con calentar las calles para obtener un beneficio político. El fuego no pregunta a quién votamos antes de quemarnos.
No escribo para convencer. Escribo para pensar.
JMACGYVER. Simplemente un hombre.
