Soy de los que piensa que el monumento de Franco de la Rambla de Santa Cruz no debería desaparecer. No porque admire a Franco ni porque quiera rendir homenaje a una dictadura, sino precisamente, por lo contrario: porque existió y porque conviene recordar lo que ocurrió. Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.
Resulta curioso que algunos quieran eliminar estatuas y monumentos mientras nadie plantea derribar pantanos, hospitales, carreteras o infraestructuras construidas durante el franquismo. Parece que aceptamos unas herencias históricas y rechazamos otras. La historia, sin embargo, es un todo, no un menú donde elegimos únicamente lo que nos gusta.
Cuando contemplo ese monumento no veo una invitación a volver al pasado. Veo una advertencia. Veo el recuerdo de una Guerra Civil donde españoles mataron a españoles, hermanos contra hermanos, en una tragedia que jamás debió producirse. La piedra y el bronce pueden servir también para enseñar, no solo para homenajear.
Quizá la solución no sea destruir estos símbolos, sino explicarlos. Colocar junto a ellos la verdad completa de lo que representaron y de las consecuencias que tuvieron. Como Santo Tomás, muchos necesitamos ver para creer. Y ver la historia, con sus luces y sus sombras, puede ser la mejor manera de impedir que vuelva a repetirse.
