Sonaron los himnos, los discursos institucionales y las felicitaciones del Día de Canarias. Hoy vuelven las preocupaciones de siempre. Porque una vez guardadas las banderas y apagados los actos oficiales, los canarios siguen enfrentándose a una realidad mucho menos festiva: salarios bajos, viviendas inalcanzables, pobreza creciente y una sensación cada vez más profunda de abandono político.
Canarias lleva décadas escuchando promesas. Gobiernos de todos los colores han hablado de la singularidad del archipiélago, de la insularidad y de la necesidad de compensar la lejanía. Pero la realidad es tozuda. Mientras el turismo bate récords históricos, miles de familias tienen dificultades para llegar a fin de mes y muchos jóvenes ya no pueden permitirse vivir en la tierra donde nacieron. Algo falla cuando la riqueza crece y los ciudadanos siguen empobreciéndose.
A esto se suma una presión migratoria que las islas soportan muchas veces en soledad. Canarias se ha convertido en frontera sur de Europa, pero demasiadas veces las respuestas llegan tarde, son insuficientes o simplemente se limitan a declaraciones de buenas intenciones. Madrid mira hacia otro lado. Bruselas aparece cuando conviene. Y los canarios vuelven a sentirse solos ante problemas que superan claramente la capacidad de las islas.
Quizá ha llegado el momento de dejar de utilizar Canarias como postal turística o como escenario para discursos de un día al año. Los canarios no necesitan más felicitaciones institucionales. Necesitan soluciones. Porque querer a Canarias no consiste en recordarla cada 30 de mayo. Consiste en gobernar para ella los otros 364 días del año.
