Llevamos décadas reformando la educación española. LODE, LOGSE, LOE, LOMLOE y, entre medias, reformas de gobiernos de distinto signo. Cambiamos leyes, currículos, metodologías y terminología pedagógica. Pero PISA 2025 nos devuelve a la realidad: España está por debajo de la media de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias, con resultados entre los más bajos de nuestra historia. Quizá el problema ya no sea encontrar el nombre de la próxima ley, sino preguntarnos qué demonios estamos haciendo mal.
Y aparece Cataluña. Allí no podemos hablar seriamente de «mejora» en PISA 2025 sin colocar un enorme asterisco al lado: la OCDE no publica sus resultados separadamente porque las exclusiones de alumnos alcanzaron el 23,2 %, cuando en 2022 fueron del 5,6 %. La propia OCDE advierte de que semejante nivel de exclusión probablemente provoca un sesgo al alza. No hace falta inventarse ninguna conspiración: que una evaluación internacional termine invalidada de esta manera ya es suficientemente grave.
Mientras tanto discutimos sobre catalán, castellano e inmersión como si la lengua fuese únicamente una bandera. Los propios datos difundidos por la Generalitat muestran otra realidad cotidiana: en secundaria, cuando los alumnos hablan entre ellos dentro del aula, el 60,3 % de las interacciones son en castellano y el 38,8 % en catalán. Tal vez habría que escuchar más a los jóvenes y convertir menos el idioma en un campo de batalla político. La misión fundamental de una escuela debería ser conseguir que un alumno comprenda, razone, escriba y piense por sí mismo.
Porque tenemos una generación rodeada de tecnología: móvil, tableta, consola, vídeos, redes sociales, pizarras digitales y ahora inteligencia artificial. Y la tecnología puede ser extraordinaria, pero no sustituye el esfuerzo intelectual. El propio responsable de análisis de PISA ha advertido del problema que supone utilizar la IA para obtener inmediatamente aquello que antes exigía leer, pensar y resolver. Una IA puede explicar una ecuación; lo que no puede hacer es aprenderla por el alumno.
Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos qué nueva ley educativa necesitamos y empezar a preguntarnos algo bastante más incómodo: ¿qué clase de adultos estamos formando? Si un joven dispone de más tecnología, más información y más herramientas que cualquier generación anterior, pero cada vez tiene mayores dificultades para comprender un texto, algo hemos hecho mal. Y eso no se arregla cambiando otra vez el nombre de las asignaturas. Se arregla recuperando lectura, escritura, cálculo, memoria, razonamiento, disciplina, esfuerzo y profesores con autoridad para enseñar.
