Me ha llegado uno de esos mensajes que recorren teléfonos y redes sociales y que, reconozcámoslo, están muy bien construidos. Mezcla Marruecos, inmigración, jóvenes, pensiones, deuda pública y una supuesta paga de 664 euros para extranjeros. El problema es que cuando uno empieza a comprobarlo descubre algo todavía más interesante: no todo es mentira. Y precisamente por eso funciona.
La prestación catalana existe, pero no se concede a todo extranjero menor de 23 años que llegue a España. Está destinada a jóvenes que han estado tutelados por la Generalitat y que, al alcanzar la mayoría de edad, necesitan apoyo para iniciar una vida autónoma. Hay requisitos económicos, residencia legal, seguimiento y un plan de inserción. Y tampoco «acaba de aprobarse»: la ampliación hasta los 23 años procede de una modificación legal de 2019.
Después aparece la Seguridad Social. Aquí el mensaje utiliza una preocupación verdadera: el Tribunal de Cuentas ha advertido de problemas financieros estructurales y de un patrimonio neto negativo superior a 106.000 millones. Eso es suficientemente serio como para hablar de ello sin necesidad de exagerarlo. Pero de ahí a afirmar que el Tribunal ha certificado su «quiebra» o que «no hay dinero para las pensiones» existe una distancia considerable.
Y aquí está lo que realmente me preocupa. Los mejores bulos ya no necesitan inventárselo todo. Les basta con coger tres verdades, quitarles el contexto, añadir una cifra antigua, relacionar cosas que no tienen relación directa y terminar con una conclusión diseñada para indignarnos. Y nosotros hacemos el resto: nos enfadamos, pulsamos «reenviar» y acabamos convirtiéndonos gratuitamente en distribuidores de algo que ni siquiera hemos comprobado.
Podemos discutir si las ayudas públicas son acertadas, si deberían existir otros requisitos, si Cataluña administra bien sus recursos o si nuestro sistema de pensiones necesita reformas. Todo eso es perfectamente legítimo. Pero discutámoslo sobre hechos verdaderos. Porque cuando necesitamos una mentira para defender nuestra opinión, quizá el primer problema ya no esté en aquello que criticamos, sino en la forma en que hemos decidido hacerlo.
JMACGYVER
Desconfiar de un Gobierno es legítimo. Desconfiar de la oposición también. Pero quizá deberíamos empezar por desconfiar de cualquier mensaje que nos diga exactamente lo que queremos escuchar.
