OPINIÓN | España convertida en una serie… pero pagada por los ciudadanos | JMACGYVER

Llega un momento en el que la realidad política española empieza a parecer una mezcla entre una película de suspense, una serie de corrupción y un manual de supervivencia del poder.

Y lo peor es que cada día aparece un nuevo capítulo.

Cuando uno cree que ya lo ha visto todo, surge una nueva grabación, un nuevo informe policial, un nuevo nombre, una nueva trama o investigación judicial que vuelve a sacudir los cimientos de la política española.

Sinceramente, los guionistas de Netflix empiezan a quedarse cortos frente a la realidad que vivimos.

Pero aquí no hablamos de ficción.

Hablamos del dinero de los ciudadanos.

De instituciones públicas.

De la Policía Nacional.

De la Guardia Civil.

De jueces.

De fiscales.

Y de la sensación cada vez más extendida de que algunos sectores del poder han terminado creyendo que el Estado les pertenece.

Lo ocurrido con la entrada de la UDEX de la Policía Nacional en Ferraz y las investigaciones paralelas que afectan a distintas estructuras del entorno político del poder es gravísimo desde el punto de vista democrático.

Porque ya no estamos hablando únicamente de posibles casos de corrupción económica.

Estamos hablando de algo mucho más peligroso: la sospecha de que desde determinadas estructuras políticas se hayan podido utilizar mecanismos internos para presionar, desacreditar o intentar neutralizar a quienes investigaban determinadas causas.

Y eso, en cualquier democracia seria, debería provocar una reflexión nacional inmediata.

La política puede soportar enfrentamientos.

Puede soportar ideologías distintas.

Puede soportar debates duros.

Pero lo que no puede soportar una democracia sana es la sensación de que quienes gobiernan puedan intentar defenderse atacando a los propios mecanismos del Estado de Derecho.

Porque entonces el problema deja de ser político.

Pasa a ser institucional.

Y profundamente moral.

La imagen de unidades policiales entrando en la sede central del partido que gobierna España mientras paralelamente se investigan supuestas redes de influencias, pagos opacos, facturas falsas y estructuras destinadas presuntamente a desacreditar jueces o investigadores debería preocupar muchísimo incluso a quienes votan a ese mismo partido.

Porque esto ya no va solo de izquierdas o derechas.

Va de democracia.

Va de credibilidad.

Va de límites.

Y quizá lo más indignante para muchos ciudadanos sea comprobar cómo, mientras todo esto ocurre, desde el poder se sigue intentando transmitir normalidad absoluta.

Siempre sucede igual.

Todo es una campaña.

Todo es persecución política.

Todo son bulos.

Todo son conspiraciones.

Hasta que poco a poco los hechos van cayendo a cuentagotas.

Un informe.

Una declaración.

Un registro.

Un audio.

Un sumario.

Otro investigado.

Otra contradicción.

Y así sucesivamente.

España parece vivir atrapada en un goteo permanente de escándalos donde la estrategia principal ya no es aclarar las cosas rápidamente, sino resistir políticamente el mayor tiempo posible.

Y mientras tanto, ¿qué ocurre fuera de los despachos?

Pues ocurre lo de siempre.

La gente trabajando.

Pagando impuestos.

Haciendo malabares para llegar a final de mes.

Jóvenes sin acceso a vivienda.

Pensionistas contando monedas.

Autónomos asfixiados.

Familias enteras sobreviviendo mientras contemplan cómo alrededor del poder aparecen continuamente privilegios, asesores, enchufes, estructuras opacas y luchas internas por mantener cuotas de influencia.

Y eso genera algo muy peligroso: cansancio democrático.

Porque la ciudadanía empieza a sentir que existe una clase política que vive completamente desconectada de la realidad de la calle.

Una política obsesionada con controlar el relato, atacar al adversario y sobrevivir mediáticamente, aunque el país institucionalmente se deteriore.

Lo más grave no es únicamente lo que pueda terminar demostrando la Justicia.

Lo más grave es la percepción que empieza a instalarse en muchísima gente: la idea de que algunos consideran las instituciones herramientas al servicio del poder político y no organismos independientes al servicio de todos los españoles.

Y cuando esa sensación se extiende, la confianza en la democracia empieza lentamente a romperse.

Porque un ciudadano puede aceptar errores.

Puede aceptar diferencias ideológicas.

Puede aceptar incluso sacrificios.

Lo que ya cuesta mucho más aceptar es la sensación de que quienes deben dar ejemplo actúan como si estuvieran por encima de cualquier responsabilidad moral o política.

Y mientras tanto, la vida sigue para la mayoría de los españoles.

Con nóminas ajustadas.

Con impuestos cada vez más altos.

Con alquileres imposibles.

Con jóvenes que emigran.

Con familias que sienten que trabajan más que nunca para vivir peor que hace años.

Esa es la España real.

La que no aparece en muchos discursos oficiales.

La que sostiene el país mientras contempla atónita cómo la política parece haberse convertido en una batalla permanente de poder, propaganda y supervivencia.

Este artículo no pretende condenar a nadie antes de tiempo.

La presunción de inocencia debe existir siempre.

Pero precisamente por respeto a la democracia, tampoco puede pedirse a los ciudadanos que miren hacia otro lado mientras cada semana aparecen nuevos datos, nuevos nombres y nuevas investigaciones.

Porque llega un momento en que el problema ya no es un caso concreto.

El problema es la sensación de impunidad permanente.

Y quizá por eso tanta gente empieza a repetir una frase muy sencilla:

España ya no parece gobernada.

Parece gestionado capítulo a capítulo.

Como una serie interminable donde siempre aparece un nuevo escándalo… mientras el ciudadano corriente sigue pagando la suscripción.

Porque el político que termina sometiéndose a la corrupción de unos pocos, antes ya se ha rendido a sus propios principios.

Y quien traiciona sus valores para conservar poder, termina siendo también corrompido por el mismo poder que ejerce sobre los demás.

Ahí es donde comienza el verdadero deterioro de una democracia.

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