OPINIÓN | Harvard, cuando las preguntas rompen el guión | JMACGYVER


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Pedro Sánchez llegó a Harvard, una de las universidades más elitistas del mundo, posiblemente esperando una visita amable y una buena fotografía para la galería. Resulta curioso que un presidente tan crítico con la enseñanza privada elija precisamente una institución donde no basta con tener dinero: también hay que demostrar que se vale. Pero los estudiantes no estaban allí para hacerle la pelota. Tenían preguntas, y algunas bastante incómodas. El guion de una visita institucional terminó dando paso a los problemas que le esperan en casa.

El Sáhara, Marruecos y Ceuta salieron a relucir, y no precisamente para felicitarle por su política exterior. El cambio de postura sobre el Sáhara sigue planteando preguntas que muchos españoles consideran insuficientemente respondidas. ¿Qué motivó realmente aquella decisión? ¿Qué hemos ganado y qué hemos cedido en nuestras relaciones con Marruecos? Son cuestiones demasiado importantes para despacharlas con un discurso diplomático. Y resulta significativo que tengan que planteárselas unos estudiantes al presidente a miles de kilómetros de España.

Pero llegó también la corrupción, ese asunto que persigue al Gobierno y que ningún viaje internacional consigue dejar atrás. Los casos que afectan a su antiguo entorno político y las investigaciones sobre personas próximas al presidente exigen explicaciones, sin olvidar la presunción de inocencia. A ello se suman las observaciones europeas sobre las medidas anticorrupción y los controles institucionales. No todo puede resolverse denunciando campañas políticas o señalando a los adversarios. ¿No sería más sencillo responder con claridad, asumir las responsabilidades que correspondan y dejar trabajar a la justicia?
Lo que más me llama la atención no es que Sánchez acudiera a Harvard, sino que unas preguntas universitarias hayan vuelto a poner sobre la mesa asuntos que llevan demasiado tiempo enfrentando a los españoles. Gobernar también significa escuchar lo que uno no quiere oír. Y comparecer ante estudiantes que preguntan sin seguir el guion es una oportunidad para explicar decisiones difíciles. No basta con dominar los discursos preparados ni con ofrecer una buena imagen internacional. La credibilidad se demuestra especialmente cuando llegan las preguntas que nadie esperaba.

Quizá lo más interesante de esta visita sea precisamente la lección que nos dejan los estudiantes: al poder hay que preguntarle, no aplaudirle por sistema. Da igual que se encuentre en la Moncloa, en Harvard o ante las cámaras de televisión. Las decisiones políticas deben poder explicarse y las dudas legítimas merecen respuestas. No escribo para convencer a nadie, sino para que pensemos sobre lo que estamos viendo. Porque una buena fotografía puede dar la vuelta al mundo, pero una pregunta sin respuesta también.

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