Hay una España que parece empeñada en vivir mirando por el retrovisor. Una España donde algunos políticos siguen desenterrando trincheras, reabriendo heridas y utilizando la Guerra Civil como arma electoral casi noventa años después. Mientras tanto, los problemas reales de los ciudadanos siguen esperando soluciones. Vivienda, empleo, educación, pensiones o seguridad quedan muchas veces sepultados bajo toneladas de enfrentamiento ideológico.
Lo más preocupante es que las nuevas generaciones apenas conocen nuestra historia en toda su complejidad. Con demasiada frecuencia reciben relatos parciales, interpretaciones interesadas o versiones adaptadas a la conveniencia política del momento. La historia debería servir para aprender de los errores, no para dividir nuevamente a los españoles. Porque la verdad rara vez pertenece por completo a un solo bando. Como ocurre con cualquier acontecimiento humano, depende también de quién la cuenta y de cómo la vivió.
Mientras unos y otros se entregan al eterno juego del “y tú más”, muchos jóvenes han terminado desconectando de la política. Ven escándalos, insultos, enfrentamientos permanentes y promesas incumplidas. Y llegan a una conclusión peligrosa: que votar no sirve para nada. Pero precisamente ahí reside el mayor error. Porque cuando los ciudadanos dejan de participar, otros terminan decidiendo por ellos. La democracia no se deteriora solo por culpa de los políticos; también se debilita cuando la sociedad se resigna.
España necesita menos memoria utilizada como arma y más memoria utilizada como enseñanza. Menos trincheras y más proyectos compartidos. Menos odio heredado y más responsabilidad hacia el futuro. Porque ningún país se construye mirando permanentemente al pasado. Y porque no siempre es verdad todo lo que parece. A veces, la mejor forma de honrar nuestra historia consiste en no repetir sus errores.
