La política permite cambiar de opinión. Lo que no debería permitir es cambiar de principios sin ofrecer una explicación convincente. En 2014, Pedro Sánchez respondió con absoluta rotundidad a una pregunta de Risto Mejide sobre los indultos políticos: “Ninguno. Absolutamente ninguno. Y yo siento vergüenza de eso.” No solo rechazó esa práctica, sino que pidió perdón a los ciudadanos por los indultos concedidos por anteriores gobiernos socialistas y afirmó que había que acabar con ellos. Doce años después, la hemeroteca vuelve a hablar.
El Consejo de Ministros ha aprobado el indulto parcial de Laura Borràs, expresidenta del Parlament de Cataluña, condenada por corrupción, reduciendo parte de su pena de prisión. La medida se adopta pese a la oposición de la Fiscalía, que consideró que no concurrían las circunstancias para conceder el indulto. El Gobierno justifica su decisión en la supuesta desproporción de la pena, criterio que considera suficiente para aplicar una medida de gracia que, hace años, el propio presidente rechazaba con firmeza cuando estaba en la oposición.
Pero el caso de Laura Borràs no ha llegado solo. En el mismo acuerdo también se conceden indultos a otros condenados, entre ellos el exalcalde socialista de Linares y el exdirector del Centro Niemeyer. Todos ellos podrán encontrar argumentos jurídicos que respalden la decisión del Ejecutivo, porque el indulto forma parte de las competencias legales del Gobierno. Sin embargo, una cosa es la legalidad y otra muy distinta la coherencia política. Precisamente esa coherencia fue la que Pedro Sánchez exigía cuando aún no ocupaba la Presidencia del Gobierno.
La confianza de los ciudadanos no se pierde únicamente cuando se vulnera la ley. También se resiente cuando las palabras pronunciadas para alcanzar el poder desaparecen una vez que ese poder se consigue. Si ayer los indultos políticos provocaban vergüenza y hoy se presentan como una decisión necesaria, los ciudadanos tienen derecho a preguntarse qué ha cambiado realmente: las circunstancias… o los principios.
Reflexión final
Las hemerotecas son incómodas porque no interpretan ni opinan. Simplemente recuerdan. Y recuerdan que los principios no deberían depender del lugar que uno ocupe en el Gobierno o en la oposición. Gobernar exige tomar decisiones difíciles, pero también asumir que los ciudadanos compararán siempre los hechos con las palabras. Porque la credibilidad no se concede por decreto, ni se recupera con un indulto. Se gana siendo coherente con aquello que uno defendía antes de alcanzar el poder.
