OPINIÓN | ¿Libertad de prensa? Cuando una opinión molesta, se apaga el micrófono | JMACGYVER

Qué curioso. Durante décadas nos explicaron (con razón) que uno de los síntomas más repugnantes de una dictadura era la censura: esto se publica, esto no; esto puede decirse y esto mejor que desaparezca. Creíamos haber aprendido la lección. Pero en pleno 2026 vuelve a plantearse una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una opinión deja de gustar a quien controla la página, el micrófono o la pantalla?

Juan-José López Burniol, abogado, notario y profesor universitario, llevaba décadas colaborando con La Vanguardia. Su último artículo, titulado La revancha, no fue publicado y su relación con el periódico terminó. El texto era muy crítico con Pedro Sánchez y con la polarización política que, a juicio del autor, está viviendo España. Otro medio ha terminado publicándolo íntegramente. ¿Casualidad? ¿Decisión estrictamente editorial? ¿Se había agotado la relación entre periódico y columnista? No conozco las conversaciones privadas y, por tanto, no voy a inventarme la respuesta.

Pero sí puedo hacer una pregunta. ¿Para qué sirve un articulista de opinión si únicamente puede escribir aquello que resulta cómodo? Un periódico privado tiene derecho a decidir quién escribe en sus páginas; naturalmente. Y un lector tiene exactamente el mismo derecho a preguntarse por qué una colaboración de tantos años termina coincidiendo con el rechazo de un artículo especialmente crítico con el presidente del Gobierno. Libertad de prensa significa también libertad editorial, pero una cosa no impide examinar críticamente cómo se ejerce esa libertad.

Lo más paradójico es que hemos pasado media vida condenando el lápiz rojo de la censura franquista. Y bien condenado está. Precisamente por eso deberíamos ser especialmente sensibles ante cualquier tentación contemporánea de convertir la discrepancia en algo incómodo que debe desaparecer. No estoy equiparando una decisión empresarial de un periódico con la censura estatal de una dictadura (sería históricamente falso). Estoy defendiendo algo mucho más sencillo: una democracia necesita voces que molesten, sean de izquierdas, de derechas o de ninguna parte.

Y tampoco hace falta compartir lo que escribe López Burniol. Se puede considerar exagerado, repetitivo o profundamente equivocado. De hecho, otra información sobre el caso sostiene que Sánchez se había convertido prácticamente en un monotema de sus últimas columnas y señala que no existen elementos públicos suficientes para asegurar que fuera apartado simplemente por criticar al presidente. Perfecto. Entonces rebátasele. Discútasele. Critíquesele. La libertad de expresión no consiste en escuchar solamente aquello que confirma lo que ya pensamos.

Porque cuando empezamos a seleccionar las opiniones entre cómodas e incómodas entramos en un terreno peligroso. Hoy puede molestar una columna contra Sánchez; mañana una contra Feijóo, contra Vox, contra los independentistas o contra cualquier poder económico. La libertad de prensa se demuestra precisamente publicando aquello que incomoda. Tachón y cuenta nueva puede borrar un artículo; lo que nunca debería borrar es nuestro derecho a preguntar por qué.


No quiero periódicos que piensen como yo. Quiero periódicos donde todavía sea posible pensar diferente.

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