Óscar Puente tiene derecho a ser combativo, irónico y hasta mordaz. Pero existe un pequeño inconveniente: no es un tertuliano ni un tuitero cualquiera; es ministro del Gobierno de España. Cuando habla representa a una institución y cuando utiliza las redes sigue siendo ministro. Viendo su permanente enfrentamiento con adversarios, periodistas, jueces y hasta con actuaciones del jefe del Estado, cabe preguntarse: si algún día aspirara a presidir España, ¿este sería el tono que nos espera?
Esta semana llegó «la puta Renfe». Puente explicó que utilizaba la expresión irónicamente para denunciar que se culpa a Renfe de incidencias de las que, según él, muchas veces no tiene responsabilidad. Pero precisamente ahí está el problema: usted es el ministro de Transportes, señor Puente. Si falla Renfe, explique por qué; si falla Adif, soluciónelo; y si la causa es externa, demuéstrelo. Lo que resulta demasiado cómodo es utilizar la ironía mientras empleados de estaciones, interventores y maquinistas soportan la indignación de los viajeros. El responsable político está arriba, no detrás de una ventanilla.
Más preocupante todavía resulta su batalla con determinados jueces. Puente sostiene que algunos quieren «hacer política» y «gobernar por detrás», y ha cuestionado la imparcialidad de la jueza María Tardón. El presidente de la Audiencia Nacional ha respondido que la independencia e imparcialidad de la magistrada están «fuera de toda duda» y ha advertido de que estas declaraciones no fortalecen el Estado de derecho. Un ministro puede criticar una resolución judicial; lo peligroso comienza cuando desde el poder político se pone bajo sospecha al juez que adopta una decisión incómoda.
Y tampoco se libró el Rey. Puente calificó de «absoluta ignominia» que Felipe VI se fotografiara con Javier Negre y posteriormente afirmó que la imagen del Monarca se «contamina» con esa fotografía. Puede discrepar de la actuación del Rey y puede ser monárquico o republicano. Pero Felipe VI es el jefe del Estado conforme a nuestra Constitución, y un ministro debería medir especialmente sus palabras cuando habla de las instituciones que él mismo representa. Si alguien dentro del Gobierno quiere una República, que la defienda abiertamente, proponga la reforma constitucional correspondiente y deje decidir a los españoles. Eso también es democracia.
Lo que me preocupa de Óscar Puente no es que tenga carácter. Es que parece confundir contundencia con bronca permanente. Un día Renfe, otro los jueces, otro el Rey y entre medias las redes sociales convertidas en una prolongación del combate político. España necesita ministros capaces de defender sus ideas con toda la firmeza necesaria, pero también capaces de asumir responsabilidades y respetar las instituciones. Porque gobernar no consiste en ganar cada discusión de X: consiste en responder por aquello que uno tiene bajo su responsabilidad.
Reflexión final
Y termino con una pregunta. Puente afirma hoy que no pretende suceder a Sánchez. Perfecto. Pero si algún día cambia de opinión y pretende convertirse en presidente del Gobierno, tendrá que demostrar algo más que habilidad para el enfrentamiento: un presidente debe representar también a los millones de españoles que no piensan como él.
Porque si este es el tono siendo ministro, menudo presidente nos esperaría si algún día llegara a Moncloa.
