Hay cantidades que pueden medirse.
Un kilo.
Medio litro.
Diez minutos.
Tres cucharadas.
Y después está el fisco.
Nadie sabe con exactitud cuánto representa, pero casi todos los canarios entienden lo que significa.
«Dame un fisco de pan».
«Échale un fisco más de agua».
«Muévete un fisco para allá».
«Espérate un fisco».
La palabra funciona igual para la comida, el espacio, el tiempo y casi cualquier cosa que pueda dividirse en una cantidad pequeña.
La Academia Canaria de la Lengua la define de una manera sencilla:
Pequeña cantidad de algo.
Parece suficiente.
Pero inmediatamente surge una pregunta:
¿Cuánto es una pequeña cantidad?
Depende.
Un fisco de queso no ocupa lo mismo que un fisco de café.
Un fisco de sal puede tomarse con la punta de los dedos.
Un fisco de gofio quizá necesite una cuchara.
Y cuando alguien nos pide que esperemos un fisco, ese tiempo puede durar unos segundos o prolongarse bastante más de lo previsto.
Porque el fisco no pertenece al mundo de las medidas exactas.
Pertenece al sentido común.
Quien lo ofrece calcula.
Quien lo recibe comprende.
Y casi nunca hace falta discutir la cantidad.
En las cocinas de nuestros mayores no siempre existían básculas, recipientes graduados ni instrucciones detalladas. Muchas recetas se preparaban a ojo.
Un poco de esto.
Un fisco de aquello.
Agua, la que admita.
Y remover hasta que tuviera el punto adecuado.
Cuando alguien joven intentaba aprender la receta, comenzaban los problemas.
«¿Pero cuánto le pongo?»
«Un fisco».
«¿Y cuánto es un fisco?»
La respuesta casi siempre era la misma:
«Lo que tú veas».
Así se transmitieron durante generaciones muchas recetas canarias.
No mediante números exactos, sino observando.
Había que mirar la textura.
Probar.
Tocar.
Oler.
Y aprender a reconocer el momento en que la comida estaba preparada.
El fisco obligaba a prestar atención.
No permitía seguir una receta sin pensar. Exigía conocer los ingredientes y comprender que no todos los productos se comportan de la misma manera.
Quizá la harina necesitara un fisco más de agua.
Tal vez el mojo pidiera otro fisco de sal.
O el potaje estuviera demasiado espeso y hubiera que corregirlo.
Cada cocina tenía su propia medida.
Y cada mano, su propio fisco.
Pero la palabra no se quedó junto a los calderos.
Salió de la cocina y terminó sirviendo para casi todo.
Si alguien ocupaba demasiado espacio en un banco:
«Hazte un fisco para allá».
Si una puerta había quedado entreabierta:
«Ciérrala un fisco más».
Si alguien tenía prisa:
«Espérate un fisquito».
Y si un niño pedía probar algo que estaban preparando, siempre encontraba la misma respuesta:
«Solo un fisco».
Aunque todos sabemos que, dependiendo de la persona, ese fisco podía convertirse en una porción bastante generosa.
El diminutivo fisquito hace todavía más pequeña una cantidad que ya era pequeña.
O al menos esa es la intención.
Porque en el habla cotidiana los diminutivos no siempre disminuyen.
A veces muestran cariño.
O suavizan una petición.
No parece lo mismo decir «dame más» que pedir «un fisquito más».
La primera expresión puede sonar exigente.
La segunda casi invita a concederlo.
Eso demuestra que las palabras no solo transmiten cantidades.
También expresan la relación entre las personas.
Un fisco puede ser una forma amable de pedir.
De ofrecer.
O de compartir aquello que tenemos sin necesidad de calcularlo demasiado.
En tiempos en los que muchas familias disponían de pocos recursos, repartir bien la comida era importante. Cada porción tenía valor y había que conseguir que alcanzara para todos.
Un fisco de queso.
Un trozo de pan.
Una pequeña cantidad de gofio.
Lo suficiente para acompañar el trabajo o calmar el hambre.
No era mucho.
Pero tampoco era nada.
Quizá por eso la palabra conserva cierta humildad. No promete abundancia. Nombra lo pequeño y reconoce que una cantidad reducida también puede ser útil.
A veces basta un fisco.
Un fisco de comida para probar.
Un fisco de sombra para descansar.
Un fisco de paciencia para no enfadarse.
Un fisco de ayuda para continuar.
Las grandes cosas llaman nuestra atención, pero la vida cotidiana suele construirse con cantidades pequeñas.
Pequeños gestos.
Pequeñas conversaciones.
Pequeños momentos que, acumulados, terminan formando nuestros recuerdos.
El problema es que vivimos en una época obsesionada con medirlo todo.
Contamos los pasos.
Las calorías.
Los minutos.
Los seguidores.
La productividad.
Parece que aquello que no puede expresarse mediante una cifra no existe o carece de valor.
El fisco pertenece a otra manera de entender el mundo.
Una forma menos precisa, pero quizá más humana.
No necesita una aplicación ni una balanza.
Depende de la confianza entre quien habla y quien escucha.
Cuando alguien pide un fisco, supone que la otra persona sabrá interpretarlo.
Y cuando se lo damos, rara vez pregunta si la cantidad era exactamente la correcta.
Porque no existe una medida correcta.
Existe la suficiente.
Esa puede ser la verdadera definición de fisco:
Una pequeña cantidad que no necesita ser exacta para ser comprendida.
En algunas zonas de Canarias también se escucha la variante pisco, con el mismo sentido. Son diferencias propias de unas islas donde el vocabulario puede cambiar al cruzar unos pocos kilómetros de océano.
Cada isla adapta las palabras.
Las transforma.
Les añade su pronunciación y sus costumbres.
Pero el significado permanece.
Algo pequeño.
Un poquito.
Lo bastante para que todos sepamos de qué estamos hablando.
Fisco es una palabra humilde.
No nombra grandes paisajes, acontecimientos históricos ni sentimientos profundos.
Y, sin embargo, aparece constantemente en nuestra vida.
En la cocina.
En la calle.
En las conversaciones familiares.
En esas instrucciones que todos los canarios comprenden y que resultan difíciles de explicar a quien acaba de llegar.
Quizá porque un fisco no se aprende en el diccionario.
Se aprende observando la mano de quien corta el queso.
Escuchando a quien nos pide que nos movamos un poco.
Esperando a esa persona que aseguró que tardaría solamente un fisquito.
Y descubriendo, con el tiempo, que hay cantidades que no necesitan números.
Solo necesitan confianza.
