Palabras que saben a Canarias: JILORIO, cuando el hambre también tiene acento canario

Hay momentos en los que uno no tiene simplemente hambre.

Tiene jilorio.

La diferencia puede parecer pequeña para quien nunca haya escuchado esta palabra, pero cualquier canario que la conozca sabe que no significan exactamente lo mismo.

El hambre puede esperar.

El jilorio empieza a protestar.

Se nota en el estómago, cambia el humor y consigue que cualquier olor procedente de una cocina parezca mucho más intenso. No pide una comida sofisticada ni una mesa cuidadosamente preparada.

Pide comer.

Y cuanto antes, mejor.

La Academia Canaria de la Lengua define jilorio como la sensación de malestar en el estómago producida por las ganas de comer.

Una definición correcta, aunque quizá demasiado tranquila para explicar lo que realmente se siente.

Porque el jilorio no suele presentarse con discreción.

Aparece después de una larga mañana de trabajo.

Al regresar de la playa.

Durante una caminata.

Cuando la comida se retrasa.

O en mitad de una reunión, justo cuando alguien menciona que en la cocina quedan queso, pan y unas papas.

Entonces alguien pronuncia la frase:

«Tengo un jilorio…»

Y todo el mundo comprende que ha llegado el momento de buscar algo para comer.

En muchas casas canarias, esas palabras bastaban para poner en marcha la cocina.

No hacía falta preparar un banquete. Un trozo de pan con queso, un poco de gofio, unas papas que habían quedado del mediodía o cualquier plato caliente podían resolver el problema.

Porque nuestros mayores sabían aprovechar lo que había.

La comida no se desperdiciaba.

El pan duro encontraba una utilidad.

Las sobras se transformaban en otro plato.

Y siempre parecía existir alguna cosa guardada para quien llegara con hambre.

Quizá por eso jilorio es una palabra tan unida a la vida cotidiana.

No pertenece a los grandes comedores ni a los recetarios elegantes. Pertenece a las cocinas, a las jornadas de trabajo y a esos momentos en los que el cuerpo recuerda que necesita alimento.

Durante buena parte de nuestra historia, el hambre no fue una sensación pasajera para muchas familias.

Fue una preocupación verdadera.

Canarias conoció épocas de escasez en las que conseguir comida exigía mucho esfuerzo. Pescadores, agricultores, pastores y trabajadores podían pasar largas horas fuera de casa llevando consigo alimentos sencillos que les permitieran continuar la jornada.

Un poco de gofio.

Un pedazo de queso.

Fruta, pescado seco o lo que pudiera conservarse y transportarse fácilmente.

No eran comidas abundantes.

Pero cumplían su función.

Calmaban el jilorio y permitían seguir trabajando.

Por eso esta palabra también guarda una parte menos alegre de nuestra memoria. Nos recuerda un tiempo en el que comer no siempre estaba asegurado y en el que cada alimento tenía un valor que hoy podemos olvidar con facilidad.

Sin embargo, el pueblo canario también supo utilizar el humor para hablar de las dificultades.

Decir «tengo jilorio» parece tener algo más de gracia que declarar simplemente «tengo hambre». La palabra exagera un poco la sensación, permite bromear con ella y convierte el ruido del estómago en motivo de conversación.

Ese humor cotidiano ayudó a sobrellevar muchas cosas.

Incluso el hambre.

La historia de la palabra también refleja el viaje permanente entre Canarias y América. Los diccionarios históricos recogen formas como ahilorio, ajilorio, agilorio y jilorio, relacionadas con el desfallecimiento o la debilidad causada por la falta de alimento.

Existen registros antiguos tanto en Cuba como en las islas, por lo que se considera posible que la voz llegara a Canarias desde el otro lado del Atlántico.

No sería extraño.

Durante siglos, las palabras viajaron en las mismas embarcaciones que las personas. Algunas salieron de Canarias hacia América y otras regresaron transformadas por el camino.

Cada viajero llevaba su manera de hablar.

Y cada regreso añadía una palabra nueva a nuestras conversaciones.

Jilorio podría formar parte de ese intercambio.

Una palabra americana convertida en canaria por el uso, por el acento y por generaciones de personas que la hicieron suya.

Hoy es probable que muchos jóvenes nunca la utilicen.

Dirán que tienen hambre, que necesitan comer algo o que quieren tomar un snack. Todas esas expresiones cumplen su función.

Pero ninguna suena como jilorio.

Ninguna consigue transmitir de la misma manera esa mezcla de vacío en el estómago, impaciencia y deseo urgente de sentarse frente a un plato.

Cuando desaparece una palabra así, no perdemos solamente una forma curiosa de decir hambre.

También perdemos las escenas que la acompañaban.

La voz de una madre llamando a comer.

El pan recién cortado sobre la mesa.

El caldero que todavía conservaba algo del almuerzo.

El trabajador que regresaba cansado.

El niño que entraba en la cocina preguntando qué había para merendar.

Todo eso cabe dentro de jilorio.

Porque las palabras cotidianas guardan una memoria distinta a la de los grandes acontecimientos. No hablan de fechas, batallas ni personajes famosos.

Hablan de cómo vivía la gente.

De lo que sentía.

De lo que comía.

Y de la manera en que encontraba humor incluso en las necesidades más sencillas.

Por eso merece la pena seguir diciendo jilorio.

Para recordar que en Canarias hasta el hambre tiene una palabra propia.

Una palabra que empieza en el estómago, pasa por la cocina y casi siempre termina alrededor de una mesa.

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