Existen tristezas que sabemos explicar.
Y existen otras que se quedan dentro, en un lugar difícil de nombrar.
No son exactamente dolor.
Tampoco son solamente nostalgia.
Son la pena por aquello que perdimos, por lo que dejamos atrás o por algo que deseábamos hacer y ya no podremos recuperar.
En Canarias tenemos una palabra para ese sentimiento.
Magua.
La Academia Canaria de la Lengua la define como la pena, la lástima o el desconsuelo provocado por la falta, la pérdida o la añoranza de algo. También puede ser el pesar que queda por no haber hecho aquello que quizá habría sido bueno para nosotros.
En algunas islas se utiliza con frecuencia en plural:
«Me quedaron maguas de no haber ido».
Pocas palabras expresan de una manera tan sencilla ese pequeño peso que permanece cuando una oportunidad ha pasado.
Porque la magua no siempre nace de las grandes pérdidas.
A veces aparece por algo aparentemente insignificante.
No haber visitado a alguien cuando todavía podíamos hacerlo.
No haber preguntado a nuestros abuelos por aquellas historias que repetían.
No regresar a un lugar antes de que cambiara.
Dejar pasar una fiesta, una conversación o una despedida pensando que habría otra ocasión.
Y descubrir, con el tiempo, que no la hubo.
Eso también es magua.
Una tristeza tranquila que no hace ruido, pero permanece.
Canarias conoce bien ese sentimiento.
Durante generaciones, miles de isleños tuvieron que abandonar su tierra en busca de una vida mejor. Partieron hacia Cuba, Venezuela, Uruguay y otros lugares de América llevando pocas pertenencias y una despedida que seguramente nunca terminaron de olvidar.
Algunos pudieron regresar.
Otros no volvieron.
Pero incluso quienes construyeron una nueva vida lejos de las islas siguieron conservando el recuerdo del lugar que habían dejado atrás.
Una fotografía.
Una carta.
Una canción.
Una receta.
El sonido de una palabra escuchada durante la infancia.
La distancia convirtió muchas de aquellas cosas cotidianas en tesoros.
Porque uno no siempre comprende lo que significa un lugar hasta que deja de verlo.
Para un emigrante canario, la magua podía aparecer al recordar el olor del mar, la silueta de las montañas, una comida familiar o la voz de alguien que había quedado al otro lado del océano.
No era únicamente echar de menos la tierra.
Era sentir la ausencia de una parte de sí mismo.
Pero no hace falta marcharse a otro continente para conocer la magua.
También puede sentirla quien permanece.
La siente quien contempla cómo desaparece la casa donde creció.
Quien regresa a un barrio y ya no reconoce sus calles.
Quien busca una antigua venta, un cine o una plaza y descubre que solo existen en su memoria.
La siente quien escucha una expresión de sus mayores y comprende que cada vez son menos las personas que la utilizan.
Porque también podemos sentir magua por las palabras.
Cada generación deja atrás algunas sin darse cuenta. Primero se escuchan menos. Después comienzan a parecernos antiguas. Finalmente desaparecen y, con ellas, se pierde una manera particular de nombrar la vida.
Quizá por eso resulta tan importante conservar esta.
La palabra tristeza no significa exactamente lo mismo.
La nostalgia tampoco.
La magua contiene algo de ambas, pero añade el pesar por aquello que pudo ser y ya no fue.
Es mirar hacia atrás sin enfado.
Es recordar con cariño, aunque el recuerdo duela.
Es pensar: «Ojalá hubiera aprovechado aquel momento».
Todos acumulamos alguna magua.
Por las decisiones que no tomamos.
Por los caminos que dejamos pasar.
Por las personas a las que no dijimos lo suficiente.
Por aquellos momentos cotidianos que parecían no tener importancia hasta que terminaron convirtiéndose en recuerdos.
La vida está llena de últimas veces que no sabemos que son las últimas.
La última conversación con alguien.
La última comida en una casa.
La última vez que recorrimos una calle antes de que todo cambiara.
Si supiéramos reconocerlas, quizá prestaríamos más atención.
Pero casi nunca lo sabemos.
Y por eso existe la magua.
No para castigarnos por lo que hicimos o dejamos de hacer, sino para recordarnos que las cosas sencillas también merecen ser vividas mientras todavía están presentes.
Tal vez nuestros mayores utilizaban esta palabra porque comprendían bien que la vida estaba hecha de ausencias.
Habían visto marchar a familiares.
Habían despedido a hijos que emigraban.
Habían vivido transformaciones que cambiaron para siempre sus pueblos y costumbres.
Pero continuaban adelante.
La magua no los detenía.
Simplemente les recordaba aquello que seguían queriendo.
Ese puede ser su significado más hermoso.
Solo sentimos magua por aquello que alguna vez nos importó.
Por una persona.
Por un lugar.
Por una oportunidad.
Por una parte de nuestra historia.
La palabra no habla únicamente de pérdida.
También habla de afecto.
Y mientras sigamos utilizándola, podremos nombrar ese sentimiento que aparece cuando algo ya no está, pero continúa viviendo dentro de nosotros.
Porque hay cosas que desaparecen de nuestra vida sin desaparecer por completo de la memoria.
Y a la huella que dejan, en Canarias, la llamamos magua.
